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sábado, 27 de octubre de 2012

ALICIA EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS - EBOOK COMPLETO GRATIS- PARTE I


LEWIS CARROLL 
Alicia en el país de las maravillas




INDICE


En la madriguera del conejo
El charco de lágrimas
Una carrera loca y una larga historia
La casa del conejo


A través de la tarde color de oro
el agua nos lleva sin esfuerzo por nuestra parte,
pues los que empujan los remos
son unos brazos infantiles
que intentan, con sus manitas
guiar el curso de nuestra barca.

Pero, ¡las tres son muy crueles!
ya que sin fijarse en el apacible tiempo
ni en el ensueño de la hora presente,
¡exigen una historia de una voz que apenas tiene aliento,
tanto que ni a una pluma podría soplar!
Mas, ¿qué podría una voz tan débil
contra la voluntad de las tres?

La primera, imperiosamente, dicta su decreto:
"¡Comience el cuento!"
La segunda, un poco más amable, pide
que el cuento no sea tonto,
mientras que la tercera interrumpe la historia
nada más que una vez por minuto.

Conseguido al fin el silencio,
con la imaginación las lleva,
siguiendo a esa niña soñada,
por un mundo nuevo, de hermosas maravillas
en el que hasta los pájaros y las bestias hablan
con voz humana, y ellas casi se creen estar allí.

Y cada vez que el narrador intentaba,
seca ya la fuente de su inspiración
dejar la narración para el día siguiente,
y decía: "El resto para la próxima vez",
las tres, al tiempo, decían: "¡Ya es la próxima vez!"

Y así fue surgiendo el "País de las Maravillas",
poquito a poco, y una a una,
el mosaico de sus extrañas aventuras.
Y ahora, que el relato toca a su fin,

También el timón de la barca nos vuelve al hogar,
¡una alegre tripulación, bajo el sol que ya se oculta!

Alicia, para tí este cuento infantil.
Ponlo con tu mano pequeña y amable
donde descansan los cuentos infantiles,
entrelazados, como las flores ya marchitas
en la guirnalda de la Memoria.
Es la ofrenda de un peregrino
que las recogió en países lejanos.


Capítulo 1 - EN LA MADRIGUERA DEL CONEJO

Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río, sin tener nada que hacer: había echado un par de ojeadas al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni diálogos. «¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?», se preguntaba Alicia.
Así pues, estaba pensando (y pensar le costaba cierto esfuerzo, porque el calor del día la había dejado soñolienta y atontada) si el placer de tejer una guirnalda de margaritas la compensaría del trabajo de levantarse y coger las margaritas, cuando de pronto saltó cerca de ella un Conejo Blanco de ojos rosados.
No había nada muy extraordinario en esto, ni tampoco le pareció a Alicia muy extraño oír que el conejo se decía a sí mismo: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!» (Cuando pensó en ello después, decidió que, desde luego, hubiera debido sorprenderla mucho, pero en aquel momento le pareció lo más natural del mundo). Pero cuando el conejo se sacó un reloj de bolsillo del chaleco, lo miró y echó a correr, Alicia se levantó de un salto, porque comprendió de golpe que ella nunca había visto un conejo con chaleco, ni con reloj que sacarse de él, y, ardiendo de curiosidad, se puso a correr tras el conejo por la pradera, y llegó justo a tiempo para ver cómo se precipitaba en una madriguera que se abría al pie del seto.

Un momento más tarde, Alicia se metía también en la madriguera, sin pararse a considerar cómo se las arreglaría después para salir.
Al principio, la madriguera del conejo se extendía en línea recta como un túnel, y después torció bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo siquiera tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un pozo muy profundo.
O el pozo era en verdad profundo, o ella caía muy despacio, porque Alicia, mientras descendía, tuvo tiempo sobrado para mirar a su alrededor y para preguntarse qué iba a suceder después. Primero, intentó mirar hacia abajo y ver a dónde iría a parar, pero estaba todo demasiado oscuro para distinguir nada. Después miró hacia las paredes del pozo y observó que estaban cubiertas de armarios y estantes para libros: aquí y allá vio mapas y cuadros, colgados de clavos. Cogió, a su paso, un jarro de los estantes. Llevaba una etiqueta que decía: MERMELADA DE NARANJA, pero vio, con desencanto, que estaba vacío.
No le pareció bien tirarlo al fondo, por miedo a matar a alguien que anduviera por abajo, y se las arregló para dejarlo en otro de los estantes mientras seguía descendiendo.
«¡Vaya! », pensó Alicia. «¡Después de una caída como ésta, rodar por las escaleras me parecerá algo sin importancia! ¡Qué valiente me encontrarán todos! ¡Ni siquiera lloraría, aunque me cayera del tejado!» (Y era verdad.)Abajo, abajo, abajo. ¿No acabaría nunca de caer?
--Me gustaría saber cuántas millas he descendido ya --dijo en voz alta--.
Tengo que estar bastante cerca del centro de la tierra. Veamos: creo que está a cuatro mil millas de profundidad...
Como veis, Alicia había aprendido algunas cosas de éstas en las clases de la escuela, y aunque no era un momento muy oportuno para presumir de sus conocimientos, ya que no había nadie allí que pudiera escucharla, le pareció que repetirlo le servía de repaso.
--Sí, está debe de ser la distancia... pero me pregunto a qué latitud o longitud habré llegado.
Alicia no tenía la menor idea de lo que era la latitud, ni tampoco la longitud, pero le pareció bien decir unas palabras tan bonitas e impresionantes. Enseguida volvió a empezar.
--¡A lo mejor caigo a través de toda la tierra! ¡Qué divertido sería salir donde vive esta gente que anda cabeza abajo! Los antipáticos, creo... (Ahora Alicia se alegró de que no hubiera nadie escuchando, porque esta palabra no le sonaba del todo bien.) Pero entonces tendré que preguntarles el nombre del país. Por favor, señora, ¿estamos en Nueva Zelanda o en Australia?
Y mientras decía estas palabras, ensayó una reverencia. ¡Reverencias mientras caía por el aire! ¿Creéis que esto es posible?
--¡Y qué criaja tan ignorante voy a parecerle! No, mejor será no preguntar nada. Ya lo veré escrito en alguna parte.
Abajo, abajo, abajo. No había otra cosa que hacer y Alicia empezó enseguida a hablar otra vez.
--¡Temo que Dina me echará mucho de menos esta noche ! (Dina era la gata.) Espero que se acuerden de su platito de leche a la hora del té. ¡Dina, guapa, me gustaría tenerte conmigo aquí abajo! En el aire no hay ratones, claro, pero podrías cazar algún murciélago, y se parecen mucho a los ratones, sabes. Pero me pregunto: ¿comerán murciélagos los gatos?
Al llegar a este punto, Alicia empezó a sentirse medio dormida y siguió diciéndose como en sueños: «¿Comen murciélagos los gatos? ¿Comen murciélagos los gatos?» Y a veces: «¿Comen gatos los murciélagos?» Porque, como no sabía contestar a ninguna de las dos preguntas, no importaba mucho cual de las dos se formulara. Se estaba durmiendo de veras y empezaba a soñar que paseaba con Dina de la mano y que le preguntaba con mucha ansiedad: «Ahora Dina, dime la verdad, ¿te has comido alguna vez un murciélago?», cuando de pronto, ¡cataplum!, fue a dar sobre un montón de ramas y hojas secas. La caída había terminado.
Alicia no sufrió el menor daño, y se levantó de un salto. Miró hacia arriba, pero todo estaba oscuro. Ante ella se abría otro largo pasadizo, y alcanzó a ver en él al Conejo Blanco, que se alejaba a toda prisa. No había momento que perder, y Alicia, sin vacilar, echó a correr como el viento, y llego justo a tiempo para oírle decir, mientras doblaba un recodo:
--¡Válganme mis orejas y bigotes, qué tarde se me está haciendo!
Iba casi pisándole los talones, pero, cuando dobló a su vez el recodo, no vio al Conejo por ninguna parte. Se encontró en un vestíbulo amplio y bajo, iluminado por una hilera de lámparas que colgaban del techo.
Había puertas alrededor de todo el vestíbulo, pero todas estaban cerradas con llave, y cuando Alicia hubo dado la vuelta, bajando por un lado y subiendo por el otro, probando puerta a puerta, se dirigió tristemente al centro de la habitación, y se preguntó cómo se las arreglaría para salir de allí.
De repente se encontró ante una mesita de tres patas, toda de cristal macizo.
No había nada sobre ella, salvo una diminuta llave de oro, y lo primero que se le ocurrió a Alicia fue que debía corresponder a una de las puertas del vestíbulo. Pero, ¡ay!, o las cerraduras eran demasiado grandes, o la llave era demasiado pequeña, lo cierto es que no pudo abrir ninguna puerta. Sin embargo, al dar la vuelta por segunda vez, descubrió una cortinilla que no había visto antes, y detrás había una puertecita de unos dos palmos de altura. Probó la llave de oro en la cerradura, y vio con alegría que ajustaba bien.
Alicia abrió la puerta y se encontró con que daba a un estrecho pasadizo, no más ancho que una ratonera. Se arrodilló y al otro lado del pasadizo vio el jardín más maravilloso que podáis imaginar. ¡Qué ganas tenía de salir de aquella oscura sala y de pasear entre aquellos macizos de flores multicolores y aquellas frescas fuentes! Pero ni siquiera podía pasar la cabeza por la abertura. «Y aunque pudiera pasar la cabeza», pensó la pobre Alicia, «de poco iba a servirme sin los hombros. ¡Cómo me gustaría poderme encoger como un telescopio! Creo que podría hacerlo, sólo con saber por dónde empezar.» Y es que, como veis, a Alicia le habían pasado tantas cosas extraordinarias aquel día, que había empezado a pensar que casi nada era en realidad imposible.
De nada servía quedarse esperando junto a la puertecita, así que volvió a la mesa, casi con la esperanza de encontrar sobre ella otra llave, o, en todo caso, un libro de instrucciones para encoger a la gente como si fueran telescopios. Esta vez encontró en la mesa una botellita («que desde luego no estaba aquí antes», dijo Alicia), y alrededor del cuello de la botella había una etiqueta de papel con la palabra «BEBEME» hermosamente impresa en grandes caracteres.
Está muy bien eso de decir «BEBEME», pero la pequeña Alicia era muy prudente y no iba a beber aquello por las buenas. «No, primero voy a mirar», se dijo, «para ver si lleva o no la indicación de veneno.» Porque Alicia había leído preciosos cuentos de niños que se habían quemado, o habían sido devorados por bestias feroces, u otras cosas desagradables, sólo por no haber querido recordar las sencillas normas que las personas que buscaban su bien les habían inculcado: como que un hierro al rojo te quema si no lo sueltas en seguida, o que si te cortas muy hondo en un dedo con un cuchillo suele salir sangre. Y Alicia no olvidaba nunca que, si bebes mucho de una botella que lleva la indicación «veneno», terminará, a la corta o a la larga, por hacerte daño.
Sin embargo, aquella botella no llevaba la indicación «veneno», así que Alicia se atrevió a probar el contenido, y, encontrándolo muy agradable (tenía, de hecho, una mezcla de sabores a tarta de cerezas, almíbar, piña, pavo asado, caramelo y tostadas calientes con mantequilla), se lo acabó en un santiamén.
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--¡Qué sensación más extraña! --dijo Alicia--. Me debo estar encogiendo como un telescopio.
Y así era, en efecto: ahora medía sólo veinticinco centímetros, y su cara se iluminó de alegría al pensar que tenía la talla adecuada para pasar por la puertecita y meterse en el maravilloso jardín. Primero, no obstante, esperó unos minutos para ver si seguía todavía disminuyendo de tamaño, y esta posibilidad la puso un poco nerviosa. «No vaya consumirme del todo, como una vela», se dijo para sus adentros. «¿Qué sería de mí entonces?» E intentó imaginar qué ocurría con la llama de una vela, cuando la vela estaba apagada, pues no podía recordar haber visto nunca una cosa así.
Después de un rato, viendo que no pasaba nada más, decidió salir en seguida al jardín. Pero, ¡pobre Alicia!, cuando llegó a la puerta, se encontró con que había olvidado la llavecita de oro, y, cuando volvió a la mesa para recogerla, descubrió que no le era posible alcanzarla. Podía verla claramente a través del cristal, e intentó con ahínco trepar por una de las patas de la mesa, pero era demasiado resbaladiza. Y cuando se cansó de intentarlo, la pobre niña se sentó en el suelo y se echó a llorar.
«¡Vamos! ¡De nada sirve llorar de esta manera!», se dijo Alicia a sí misma, con bastante firmeza. «¡Te aconsejo que dejes de llorar ahora mismo!» Alicia se daba por lo general muy buenos consejos a sí misma (aunque rara vez los seguía), y algunas veces se reñía con tanta dureza que se le saltaban las lágrimas. Se acordaba incluso de haber intentado una vez tirarse de las orejas por haberse hecho trampas en un partido de croquet que jugaba consigo misma, pues a esta curiosa criatura le gustaba mucho comportarse como si fuera dos personas a la vez. «¡Pero de nada me serviría ahora comportarme como si fuera dos personas!», pensó la pobre Alicia. «¡Cuando ya se me hace bastante difícil ser una sola persona como Dios manda!»Poco después, su mirada se posó en una cajita de cristal que había debajo de la mesa. La abrió y encontró dentro un diminuto pastelillo, en que se leía la palabra «COMEME», deliciosamente escrita con grosella. «Bueno, me lo comeré», se dijo Alicia, «y si me hace crecer, podré coger la llave, y, si me hace todavía más pequeña, podré deslizarme por debajo de la puerta. De un modo o de otro entraré en el jardín, y eso es lo que importa.»Dio un mordisquito y se preguntó nerviosísima a sí misma: «¿Hacia dónde? ¿Hacia dónde?» Al mismo tiempo, se llevó una mano a la cabeza para notar en qué dirección se iniciaba el cambio, y quedó muy sorprendida al advertir que seguía con el mismo tamaño. En realidad, esto es lo que sucede normalmente cuando se da un mordisco a un pastel, pero Alicia estaba ya tan acostumbrada a que todo lo que le sucedía fuera extraordinario, que le pareció muy aburrido y muy tonto que la vida discurriese por cauces normales.
Así pues pasó a la acción, y en un santiamén dio buena cuenta del pastelito.

Capítulo 2 - EL CHARCO DE LAGRIMASEL CHARCO DE LAGRIMAS

--¡Curiorífico y curiorífico! --exclamó Alicia (estaba tan sorprendida, que por un momento se olvidó hasta de hablar correctamente)--. ¡Ahora me estoy estirando como el telescopio más largo que haya existido jamás! ¡Adiós, pies! --gritó, porque cuando miró hacia abajo vio que sus pies quedaban ya tan lejos que parecía fuera a perderlos de vista--. ¡Oh, mis pobrecitos pies! ¡Me pregunto quién os pondrá ahora vuestros zapatos y vuestros calcetines! ¡Seguro que yo no podré hacerlo! Voy a estar demasiado lejos para ocuparme personalmente de vosotros: tendréis que arreglároslas como podáis... Pero voy a tener que ser amable con ellos --pensó Alicia--, ¡o a lo mejor no querrán llevarme en la dirección en que yo quiera ir! Veamos: les regalaré un par de zapatos nuevos todas las Navidades.

Y siguió planeando cómo iba a llevarlo a cabo:
--Tendrán que ir por correo. ¡Y qué gracioso será esto de mandarse regalos a los propios pies! ¡Y qué chocante va a resultar la dirección!
Al Sr. Pie Derecho de Alicia
Alfombra de la Chimenea,
junto al Guardafuegos
(con un abrazo de Alicia).


¡Dios mío, qué tonterías tan grandes estoy diciendo!
Justo en este momento, su cabeza chocó con el techo de la sala: en efecto, ahora medía más de dos metros. Cogió rápidamente la llavecita de oro y corrió hacia la puerta del jardín.
¡Pobre Alicia! Lo máximo que podía hacer era echarse de lado en el suelo y mirar el jardín con un solo ojo; entrar en él era ahora más difícil que nunca.
Se sentó en el suelo y volvió a llorar.
--¡Debería darte vergüenza! --dijo Alicia--. ¡Una niña tan grande como tú (ahora sí que podía decirlo) y ponerse a llorar de este modo! ¡Para inmediatamente!
Pero siguió llorando como si tal cosa, vertiendo litros de lágrimas, hasta que se formó un verdadero charco a su alrededor, de unos diez centímetros de profundidad y que cubría la mitad del suelo de la sala.
Al poco rato oyó un ruidito de pisadas a lo lejos, y se secó rápidamente los ojos para ver quién llegaba. Era el Conejo Blanco que volvía, espléndidamente vestido, con un par de guantes blancos de cabritilla en una mano y un gran abanico en la otra. Se acercaba trotando a toda prisa, mientras rezongaba para sí:
--¡Oh! ¡La Duquesa, la Duquesa! ¡Cómo se pondrá si la hago esperar!
Alicia se sentía tan desesperada que estaba dispuesta a pedir socorro a cualquiera. Así pues, cuando el Conejo estuvo cerca de ella, empezó a decirle tímidamente y en voz baja:
--Por favor, señor...
El Conejo se llevó un susto tremendo, dejó caer los guantes blancos de cabritilla y el abanico, y escapó a todo correr en la oscuridad.

Alicia recogió el abanico y los guantes, Y, como en el vestíbulo hacía mucho calor, estuvo abanicándose todo el tiempo mientras se decía:
--¡Dios mío! ¡Qué cosas tan extrañas pasan hoy! Y ayer todo pasaba como de costumbre. Me pregunto si habré cambiado durante la noche. Veamos: ¿era yo la misma al levantarme esta mañana? Me parece que puedo recordar que me sentía un poco distinta. Pero, si no soy la misma, la siguiente pregunta es ¿quién demonios soy? ¡Ah, este es el gran enigma!
Y se puso a pensar en todas las niñas que conocía y que tenían su misma edad, para ver si podía haberse transformado en una de ellas.
--Estoy segura de no ser Ada --dijo--, porque su pelo cae en grandes rizos, y el mío no tiene ni medio rizo. Y estoy segura de que no puedo ser Mabel, porque yo sé muchísimas cosas, y ella, oh, ¡ella sabe Poquísimas! Además, ella es ella, y yo soy yo, y... ¡Dios mío, qué rompecabezas! Voy a ver si sé todas las cosas que antes sabía. Veamos: cuatro por cinco doce, y cuatro por seis trece, y cuatro por siete...
¡Dios mío! ¡Así no llegaré nunca a veinte! De todos modos, la tabla de multiplicar no significa nada. Probemos con la geografía. Londres es la capital de París, y París es la capital de Roma, y Roma... No, lo he dicho todo mal, estoy segura. ¡Me debo haber convertido en Mabel! Probaré, por ejemplo el de la industriosa abeja."
Cruzó las manos sobre el regazo y notó que la voz le salía ronca y extraña y las palabras no eran las que deberían ser:
`¡Ves como el industrioso cocodrilo
Aprovecha su lustrosa cola
Y derrama las aguas del Nilo
Por sobre sus escamas de oro!

`¡Con que alegría muestra sus dientes
Con que cuidado dispone sus uñas
Y se dedica a invitar a los pececillos
Para que entren en sus sonrientes mandíbulas!


¡Estoy segura que esas no son las palabras! Y a la pobre Alicia se le llenaron otra vez los ojos de lágrimas.
--¡Seguro que soy Mabel! Y tendré que ir a vivir a aquella casucha horrible, y casi no tendré juguetes para jugar, y ¡tantas lecciones que aprender! No, estoy completamente decidida: ¡si soy Mabel, me quedaré aquí! De nada servirá que asomen sus cabezas por el pozo y me digan: «¡Vuelve a salir, cariño!» Me limitaré a mirar hacia arriba y a decir: «¿Quién soy ahora, veamos? Decidme esto primero, y después, si me gusta ser esa persona, volveré a subir. Si no me gusta, me quedaré aquí abajo hasta que sea alguien distinto...» Pero, Dios mío --exclamó Alicia, hecha un mar de lágrimas--, ¡cómo me gustaría que asomaran de veras sus cabezas por el pozo! ¡Estoy tan cansada de estar sola aquí abajo!
Al decir estas palabras, su mirada se fijó en sus manos, y vio con sorpresa que mientras hablaba se había puesto uno de los pequeños guantes blancos de cabritilla del Conejo.
--¿Cómo he podido hacerlo? --se preguntó--. Tengo que haberme encogido otra vez.
Se levantó y se acercó a la mesa para comprobar su medida. Y descubrió que, según sus conjeturas, ahora no medía más de sesenta centímetros, y seguía achicándose rápidamente. Se dio cuenta en seguida de que la causa de todo era el abanico que tenía en la mano, y lo soltó a toda prisa, justo a tiempo para no llegar a desaparecer del todo.
--¡De buena me he librado ! --dijo Alicia, bastante asustada por aquel cambio inesperado, pero muy contenta de verse sana y salva--. ¡Y ahora al jardín!
Y echó a correr hacia la puertecilla. Pero, ¡ay!, la puertecita volvía a estar cerrada y la llave de oro seguía como antes sobre la mesa de cristal. «¡Las cosas están peor que nunca!», pensó la pobre Alicia. «¡Porque nunca había sido tan pequeña como ahora, nunca! ¡Y declaro que la situación se está poniendo imposible!»

Mientras decía estas palabras, le resbaló un pie, y un segundo más tarde, ¡chap!, estaba hundida hasta el cuello en agua salada. Lo primero que se le ocurrió fue que se había caído de alguna manera en el mar. «Y en este caso podré volver a casa en tren», se dijo para sí. (Alicia había ido a la playa una sola vez en su vida, y había llegado a la conclusión general de que, fuera uno a donde fuera, la costa inglesa estaba siempre llena de casetas de baño, niños jugando con palas en la arena, después una hilera de casas y detrás una estación de ferrocarril.) Sin embargo, pronto comprendió que estaba en el charco de lágrimas que había derramado cuando medía casi tres metros de estatura.
--¡Ojalá no hubiera llorado tanto! --dijo Alicia, mientras nadaba a su alrededor, intentando encontrar la salida--. ¡Supongo que ahora recibiré el castigo y moriré ahogada en mis propias lágrimas! ¡Será de veras una cosa extraña! Pero todo es extraño hoy.
En este momento oyó que alguien chapoteaba en el charco, no muy lejos de ella, y nadó hacia allí para ver quién era. Al Principio creyó que se trataba de una morsa o un hipopótamo, pero después se acordó de lo pequeña que era ahora, y comprendió que sólo era un ratón que había caído en el charco como ella.

--¿Servirá de algo ahora --se preguntó Alicia-- dirigir la palabra a este ratón? Todo es tan extraordinario aquí abajo, que no me sorprendería nada que pudiera hablar. De todos modos, nada se pierde por intentarlo. --Así pues, Alicia empezó a decirle-: Oh, Ratón, ¿sabe usted cómo salir de este charco? ¡Estoy muy cansada de andar nadando de un lado a otro, oh, Ratón!
Alicia pensó que éste sería el modo correcto de dirigirse a un ratón; nunca se había visto antes en una situación parecida, pero recordó haber leído en la Gramática Latina de su hermano «el ratón -- del ratón -- al ratón -- para el ratón -- ¡oh, ratón!» El Ratón la miró atentamente, y a Alicia le pareció que le guiñaba uno de sus ojillos, pero no dijo nada. «Quizá no sepa hablar inglés», pensó Alicia. «Puede ser un ratón francés, que llegó hasta aquí con Guillermo el Conquistador.» (Porque a pesar de todos sus conocimientos de historia, Alicia no tenía una idea muy clara de cuánto tiempo atrás habían tenido lugar algunas cosas.) Siguió pues:
--Où est ma chatte?
Era la primera frase de su libro de francés. El Ratón dio un salto inesperado fuera del agua y empezó a temblar de pies a cabeza.
--¡Oh, le ruego que me perdone! --gritó Alicia apresuradamente, temiendo haber herido los sentimientos del pobre animal--. Olvidé que a usted no le gustan los gatos.
--¡No me gustan los gatos! --exclamó el Ratón en voz aguda y apasionada--. ¿Te gustarían a ti los gatos si tú fueses yo?
--Bueno, puede que no -dijo Alicia en tono conciliador-. No se enfade por esto. Y, sin embargo, me gustaría poder enseñarle a nuestra gata Dina.
Bastaría que usted la viera para que empezaran a gustarle los gatos. Es tan bonita y tan suave --siguió Alicia, hablando casi para sí misma, mientras nadaba perezosa por el charco--, y ronronea tan dulcemente junto al fuego, lamiéndose las patitas y lavándose la cara... y es tan agradable tenerla en brazos... y es tan hábil cazando ratones... ¡Oh, perdóneme, por favor! --gritó de nuevo Alicia, porque esta vez al Ratón se le habían puesto todos los pelos de punta y tenía que estar enfadado de veras--. No hablaremos más de Dina, si usted no quiere.
--¡Hablaremos dices! chilló el Rat6n, que estaba temblando hasta la mismísima punta de la cola--. ¡Como si yo fuera a hablar de semejante tema! Nuestra familia ha odiado siempre a los gatos: ¡bichos asquerosos, despreciables, vulgares! ¡Que no vuelva a oír yo esta palabra!
--¡No la volveré a pronunciar! -dijo Alicia, apresurándose a cambiar el tema de la conversación-. ¿Es usted... es usted amigo... de... de los perros? El Ratón no dijo nada y Alicia siguió diciendo atropelladamente--: Hay cerca de casa un perrito tan mono que me gustaría que lo conociera! Un pequeño terrier de ojillos brillantes, sabe, con el pelo largo, rizado, castaño. Y si le tiras un palo, va y lo trae, y se sienta sobre dos patas para pedir la comida, y muchas cosas más... no me acuerdo ni de la mitad... Y es de un granjero, sabe, y el granjero dice que es un perro tan útil que no lo vendería ni por cien libras. Dice que mata todas las ratas y... ¡Dios mío! --exclamó Alicia trastornada--. ¡Temo que lo he ofendido otra vez!
Porque el Ratón se alejaba de ella nadando con todas sus fuerzas, y organizaba una auténtica tempestad en la charca con su violento chapoteo. Alicia lo llamó dulcemente mientras nadaba tras él:
--¡Ratoncito querido! ¡vuelve atrás, y no hablaremos más de gatos ni de perros, puesto que no te gustan!
Cuando el Ratón oyó estas palabras, dio media vuelta y nadó lentamente hacia ella: tenía la cara pálida (de emoción, pensó Alicia) y dijo con vocecita temblorosa:
--Vamos a la orilla, y allí te contaré mi historia, y entonces comprenderás por qué odio a los gatos y a los perros.
Ya era hora de salir de allí, pues la charca se iba llenando más y más de los pájaros y animales que habían caído en ella: había un pato y un dodo, un loro y un aguilucho y otras curiosas criaturas. Alicia abrió la marcha y todo el grupo nadó hacia la orilla.

Capítulo 3 - UNA CARRERA LOCA Y UNA LARGA HISTORIAUNA CARRERA LOCA Y UNA LARGA HISTORIA

El grupo que se reunió en la orilla tenía un aspecto realmente extraño: los pájaros con las plumas sucias, los otros animales con el pelo pegado al cuerpo, y todos calados hasta los huesos, malhumorados e incómodos.
Lo primero era, naturalmente, discurrir el modo de secarse: lo discutieron entre ellos, y a los pocos minutos a Alicia le parecía de lo más natural encontrarse en aquella reunión y hablar familiarmente con los animales, como si los conociera de toda la vida. Sostuvo incluso una larga discusión con el Loro, que terminó poniéndose muy tozudo y sin querer decir otra cosa que «soy más viejo que tú, y tengo que saberlo mejor». Y como Alicia se negó a darse por vencida sin saber antes la edad del Loro, y el Loro se negó rotundamente a confesar su edad, ahí acabó la conversación.
Por fin el Ratón, que parecía gozar de cierta autoridad dentro del grupo, les gritó:
--¡Sentaos todos y escuchadme! ¡Os aseguro que voy a dejaros secos en un santiamén!
Todos se sentaron pues, formando un amplio círculo, con el Ratón en medio.
Alicia mantenía los ojos ansiosamente fijos en él, porque estaba segura de que iba a pescar un resfriado de aúpa si no se secaba en seguida.
--¡Ejem! --carraspeó el Ratón con aires de importancia--, ¿Estáis preparados? Esta es la historia más árida y por tanto más seca que conozco. ¡Silencio todos, por favor! «Guillermo el Conquistador, cuya causa era apoyada por el Papa, fue aceptado muy pronto por los ingleses, que necesitaban un jefe y estaban ha tiempo acostumbrados a usurpaciones y conquistas. Edwindo Y Morcaro, duques de Mercia y Northumbría...»
--¡Uf! --graznó el Loro, con un escalofrío.
--Con perdón --dijo el Ratón, frunciendo el ceño, pero con mucha cortesía--.
¿Decía usted algo?
--¡Yo no! --se apresuró a responder el Loro.
--Pues me lo había parecido -dijo el Ratón--. Continúo. «Edwindo y Morcaro, duques de Mercia y Northumbría, se pusieron a su favor, e incluso Stigandio, el patriótico arzobispo de Canterbury, lo encontró conveniente...»--¿Encontró qué? -preguntó el Pato.
--Encontrólo -repuso el Ratón un poco enfadado--. Desde luego, usted sabe lo que lo quiere decir.
--¡Claro que sé lo que quiere decir! --refunfuñó el Pato--. Cuando yo encuentro algo es casi siempre una rana o un gusano. Lo que quiero saber es qué fue lo que encontró el arzobispo.
El Ratón hizo como si no hubiera oído esta pregunta y se apresuró a continuar con su historia:
--«Lo encontró conveniente y decidió ir con Edgardo Athelingo al encuentro de Guillermo y ofrecerle la corona. Guillermo actuó al principio con moderación.
Pero la insolencia de sus normandos...» ¿Cómo te sientes ahora, querida? continuó, dirigiéndose a Alicia.
--Tan mojada como al principio --dijo Alicia en tono melancólico--. Esta historia es muy seca, pero parece que a mi no me seca nada.
--En este caso --dijo solemnemente el Dodo, mientras se ponía en pie--, propongo que se abra un receso en la sesión y que pasemos a la adopción inmediata de remedios más radicales...
--¡Habla en cristiano! --protestó el Aguilucho--. No sé lo que quieren decir ni la mitad de estas palabras altisonantes, y es más, ¡creo que tampoco tú sabes lo que significan!
Y el Aguilucho bajó la cabeza para ocultar una sonrisa; algunos de los otros pájaros rieron sin disimulo.
--Lo que yo iba a decir --siguió el Dodo en tono ofendido-- es que el mejor modo para secarnos sería una Carrera Loca.
--¿Qué es una Carrera Loca? --preguntó Alicia, y no porque tuviera muchas ganas de averiguarlo, sino porque el Dodo había hecho una pausa, como esperando que alguien dijera algo, y nadie parecía dispuesto a decir nada.
--Bueno, la mejor manera de explicarlo es hacerlo.
(Y por si alguno de vosotros quiere hacer también una Carrera Loca cualquier día de invierno, voy a contaros cómo la organizó el Dodo.)
Primero trazó una pista para la Carrera, más o menos en círculo («la forma exacta no tiene importancia», dijo) y después todo el grupo se fue colocando aquí y allá a lo largo de la pista. No hubo el «A la una, a las dos, a las tres, ya», sino que todos empezaron a correr cuando quisieron, y cada uno paró cuando quiso, de modo que no era fácil saber cuándo terminaba la carrera. Sin embargo, cuando llevaban corriendo más o menos media hora, y volvían a estar ya secos, el Dodo gritó súbitamente:
--¡La carrera ha terminado!
Y todos se agruparon jadeantes a su alrededor, preguntando:
--¿Pero quién ha ganado?
El Dodo no podía contestar a esta pregunta sin entregarse antes a largas cavilaciones, y estuvo largo rato reflexionando con un dedo apoyado en la frente (la postura en que aparecen casi siempre retratados los pensadores), mientras los demás esperaban en silencio. Por fin el Dodo dijo:
--Todos hemos ganado, y todos tenemos que recibir un premio.
--¿Pero quién dará los premios? --preguntó un coro de voces.
--Pues ella, naturalmente --dijo el Dodo, señalando a Alicia con el dedo.
Y todo el grupo se agolpó alrededor de Alicia, gritando como locos:
--¡Premios! ¡Premios!
Alicia no sabía qué hacer, y se metió desesperada una mano en el bolsillo, y encontró una caja de confites (por suerte el agua salada no había entrado dentro), y los repartió como premios. Había exactamente un confite para cada uno de ellos.
--Pero ella también debe tener un premio --dijo el Ratón.
--Claro que sí -aprobó el Dodo con gravedad, y, dirigiéndose a Alicia, preguntó--: ¿Qué más tienes en el bolsillo?
--Sólo un dedal -dijo Alicia.
--Venga el dedal -dijo el Dodo.
Y entonces todos la rodearon una vez más, mientras el Dodo le ofrecía solemnemente el dedal con las palabras:
--Os rogamos que aceptéis este elegante dedal.
Y después de este cortísimo discurso, todos aplaudieron con entusiasmo.

Alicia pensó que todo esto era muy absurdo, pero los demás parecían tomarlo tan en serio que no se atrevió a reír, y, como tampoco se le ocurría nada que decir, se limitó a hacer una reverencia, y a coger el dedal, con el aire más solemne que pudo.
Había llegado el momento de comerse los confites, lo que provocó bastante ruido y confusión, pues los pájaros grandes se quejaban de que sabían a poco, y los pájaros pequeños se atragantaban y había que darles palmaditas en la espalda. Sin embargo, por fin terminaron con los confites, y de nuevo se sentaron en círculo, y pidieron al Ratón que les contara otra historia.
--Me prometiste contarme tu vida, ¿te acuerdas? --dijo Alicia--. Y por qué odias a los... G. y a los P. --añadió en un susurro, sin atreverse a nombrar a los gatos y a los perros por su nombre completo para no ofender al Ratón de nuevo.
--¡Arrastro tras de mí una realidad muy larga y muy triste! --exclamó el Ratón, dirigiéndose a Alicia y dejando escapar un suspiro.
--Desde luego, arrastras una cola larguísima --dijo Alicia, mientras echaba una mirada admirativa a la cola del Ratón--, pero ¿por qué dices que es triste?
Y tan convencida estaba Alicia de que el Ratón se refería a su cola, que, cuando él empezó a hablar, la historia que contó tomó en la imaginación de Alicia una forma así:
"Cierta Furia dijo a un
Ratón al que se encontró
en su casa: "Vamos a ir juntos ante la Ley: Yo te acusaré, y tú te defenderás.
¡Vamos! No admitiré más
discusiones Hemos de
tener un proceso, porque esta mañana no he
tenido ninguna otra
cosa que hacer". El
Ratón respondió a la
Furia: "Ese pleito, señora no servirá si no
tenemos juez y jurado,
y no servirá más que
para que nos gritemos
uno a otro como una
pareja de tontos"
Y replicó la Furia: "Yo seré
al mismo tiempo
el juez y el
jurado." Lo dijo
taimadamente
la vieja Furia. "Yo seré
la que diga
todo lo que
haya que decir, y también quien
a muerte condene."

--¡No me estás escuchando! --protestó el Ratón, dirigiéndose a Alicia--.
¿Dónde tienes la cabeza?

--Por favor, no te enfades -dijo Alicia con suavidad--. Si no me equivoco, ibas ya por la quinta vuelta.
--¡Nada de eso! --chilló el Ratón--. ¿De qué vueltas hablas? ¡Te estás burlando de mí y sólo dices tonterías!
Y el Ratón se levantó y se fue muy enfadado.
--¡Ha sido sin querer! exclamó la pobre Alicia--. ¡Pero tú te enfadas con tanta facilidad!
El Ratón sólo respondió con un gruñido, mientras seguía alejándose.
--¡Vuelve, por favor, y termina tu historia! --gritó Alicia tras él.
Y los otros animales se unieron a ella y gritaron a coro:
--¡Sí, vuelve, por favor!
Pero el Ratón movió impaciente la cabeza y apresuró el paso.
--¡Qué lástima que no se haya querido quedar! -suspiró el Loro, cuando el Ratón se hubo perdido de vista.
Y una vieja Cangreja aprovechó la ocasión para decirle a su hija:
--¡Ah, cariño! ¡Que te sirva de lección para no dejarte arrastrar nunca por tu mal genio!
--¡Calla esa boca, mamá! -protestó con aspereza la Cangrejita-. ¡Eres capaz de acabar con la paciencia de una ostra!
--¡Ojalá estuviera aquí Dina con nosotros! --dijo Alicia en voz alta, pero sin dirigirse a nadie en particular--.
¡Ella sí que nos traería al Ratón en un santiamén!
--¡Y quién es Dina, si se me permite la pregunta? --quiso saber el Loro.
Alicia contestó con entusiasmo, porque siempre estaba dispuesta a hablar de su amiga favorita:
--Dina es nuestra gata. ¡Y no podéis imaginar lo lista que es para cazar ratones! ¡Una maravilla! ¡Y me gustaría que la vierais correr tras los pájaros!
¡Se zampa un pajarito en un abrir y cerrar de ojos!
Estas palabras causaron una impresión terrible entre los animales que la rodeaban. Algunos pájaros se apresuraron a levantar el vuelo. Una vieja urraca se acurrucó bien entre sus plumas, mientras murmuraba: «No tengo más remedio que irme a casa; el frío de la noche no le sienta bien a mi garganta». Y un canario reunió a todos sus pequeños, mientras les decía con una vocecilla temblorosa: «¡Vamos, queridos! ¡Es hora de que estéis todos en la cama!» Y así, con distintos pretextos, todos se fueron de allí, y en unos segundos Alicia se encontró completamente sola.
--¡Ojalá no hubiera hablado de Dina! --se dijo en tono melancólico--. ¡Aquí abajo, mi gata no parece gustarle a nadie, y sin embargo estoy bien segura de que es la mejor gata del mundo! ¡Ay, mi Dina, mi querida Dina! ¡Me pregunto si volveré a verte alguna vez!
Y la pobre Alicia se echó a llorar de nuevo, porque se sentía muy sola y muy deprimida. Al poco rato, sin embargo, volvió a oír un ruidito de pisadas a lo lejos y levantó la vista esperanzada, pensando que a lo mejor el Ratón había cambiado de idea y volvía atrás para terminar su historia.

Capítulo 4 - LA CASA DEL CONEJOLA CASA DEL CONEJO

Era el Conejo Blanco, que volvía con un trotecillo saltarín y miraba ansiosamente a su alrededor, como si hubiera perdido algo. Y Alicia oyó que murmuraba:
--¡La Duquesa! ¡La Duquesa! ¡Oh, mis queridas patitas ! ¡Oh, mi piel y mis bigotes ! ¡Me hará ejecutar, tan seguro como que los grillos son grillos ! ¿Dónde demonios puedo haberlos dejado caer? ¿Dónde? ¿Dónde?
Alicia comprendió al instante que estaba buscando el abanico y el par de guantes blancos de cabritilla, y llena de buena voluntad se puso también ella a buscar por todos lados, pero no encontró ni rastro de ellos. En realidad, todo parecía haber cambiado desde que ella cayó en el charco, y el vestíbulo con la mesa de cristal y la puertecilla habían desaparecido completamente.
A los pocos instantes el Conejo descubrió la presencia de Alicia, que andaba buscando los guantes y el abanico de un lado a otro, y le gritó muy enfadado:
--¡Cómo, Mary Ann, qué demonios estás haciendo aquí! Corre inmediatamente a casa y tráeme un par de guantes y un abanico! ¡Aprisa!
Alicia se llevó tal susto que salió corriendo en la dirección que el Conejo le señalaba, sin intentar explicarle que estaba equivocándose de persona.
--¡Me ha confundido con su criada! --se dijo mientras corría--. ¡Vaya sorpresa se va a llevar cuando se entere de quién soy! Pero será mejor que le traiga su abanico y sus guantes... Bueno, si logro encontrarlos.
Mientras decía estas palabras, llegó ante una linda casita, en cuya puerta brillaba una placa de bronce con el nombre «C. BLANCO» grabado en ella. Alicia entró sin llamar, y corrió escaleras arriba, con mucho miedo de encontrar a la verdadera Mary Ann y de que la echaran de la casa antes de que hubiera encontrado los guantes y el abanico.
--¡Qué raro parece --se dijo Alicia eso de andar haciendo recados para un conejo! ¡Supongo que después de esto Dina también me mandará a hacer sus recados! --Y empezó a imaginar lo que ocurriría en este caso: «¡Señorita Alicia, venga aquí inmediatamente y prepárese para salir de paseo!», diría la niñera, y ella tendría que contestar: «¡Voy en seguida! Ahora no puedo, porque tengo que vigilar esta ratonera hasta que vuelva Dina y cuidar de que no se escape ningún ratón»--. Claro que --siguió diciéndose Alicia--, si a Dina le daba por empezar a darnos órdenes, no creo que parara mucho tiempo en nuestra casa.
A todo esto, había conseguido llegar hasta un pequeño dormitorio, muy ordenado, con una mesa junto a la ventana, y sobre la mesa (como esperaba) un abanico y dos o tres pares de diminutos guantes blancos de cabritilla. Cogió el abanico y un par de guantes, y, estaba a punto de salir de la habitación, cuando su mirada cayó en una botellita que estaba al lado del espejo del tocador. Esta vez no había letrerito con la palabra «BEBEME», pero de todos modos Alicia lo destapó y se lo llevó a los labios.
--Estoy segura de que, si como o bebo algo, ocurrirá algo interesante --se dijo--. Y voy a ver qué pasa con esta botella. Espero que vuelva a hacerme crecer, porque en realidad, estoy bastante harta de ser una cosilla tan pequeñeja.
¡Y vaya si la hizo crecer! ¡Mucho más aprisa de lo que imaginaba! Antes de que hubiera bebido la mitad del frasco, se encontró con que la cabeza le tocaba contra el techo y tuvo que doblarla para que no se le rompiera el cuello. Se apresuró a soltar la botella, mientras se decía:
--¡Ya basta! Espero que no seguiré creciendo... De todos modos, no paso ya por la puerta... ¡Ojalá no hubiera bebido tan aprisa!
¡Por desgracia, era demasiado tarde para pensar en ello! Siguió creciendo, y creciendo, y muy pronto tuvo que ponerse de rodillas en el suelo. Un minuto más tarde no le quedaba espacio ni para seguir arrodillada, y tuvo que intentar acomodarse echada en el suelo, con un codo contra la puerta y el otro brazo alrededor del cuello. Pero no paraba de crecer, y, como último recurso, sacó un brazo por la ventana y metió un pie por la chimenea, mientras se decía:
--Ahora no puedo hacer nada más, pase lo que pase. ¿Qué va a ser de mí?
Por suerte la botellita mágica había producido ya todo su efecto, y Alicia dejó de crecer. De todos modos, se sentía incómoda y, como no parecía haber posibilidad alguna de volver a salir nunca de aquella habitación, no es de extrañar que se sintiera también muy desgraciada.
--Era mucho más agradable estar en mi casa --pensó la pobre Alicia--. Allí, al menos, no me pasaba el tiempo creciendo y disminuyendo de tamaño, y recibiendo órdenes de ratones y conejos. Casi preferiría no haberme metido en la madriguera del Conejo... Y, sin embargo, pese a todo, ¡no se puede negar que este género de vida resulta interesante! ¡Yo misma me pregunto qué puede haberme sucedido! Cuando leía cuentos de hadas, nunca creí que estas cosas pudieran ocurrir en la realidad, ¡y aquí me tenéis metida hasta el cuello en una aventura de éstas! Creo que debiera escribirse un libro sobre mí, sí señor. Y cuando sea mayor, yo misma lo escribiré... Pero ya no puedo ser mayor de lo que soy ahora --añadió con voz lúgubre--. Al menos, no me queda sitio para hacerme mayor mientras esté metida aquí dentro. Pero entonces, ¿es que nunca me haré mayor de lo que soy ahora? Por una parte, esto sería una ventaja, no llegaría nunca a ser una vieja, pero por otra parte ¡tener siempre lecciones que aprender! ¡Vaya lata! ¡Eso si que no me gustaría nada! ¡Pero qué tonta eres, Alicia! --se rebatió a sí misma--. ¿Cómo vas a poder estudiar lecciones metida aquí dentro? Apenas si hay sitio para ti, ¡Y desde luego no queda ni un rinconcito para libros de texto!
Y así siguió discurseando un buen rato, unas veces en un sentido y otras llevándose a sí misma la contraria, manteniendo en definitiva una conversación muy seria, como si se tratara de dos personas. Hasta que oyó una voz fuera de la casa, y dejó de discutir consigo misma para escuchar.
--¡Mary Ann! ¡Mary Ann! --decía la voz--. ¡Tráeme inmediatamente mis guantes!
Después Alicia oyó un ruidito de pasos por la escalera. Comprendió que era el Conejo que subía en su busca y se echó a temblar con tal fuerza que sacudió toda la casa, olvidando que ahora era mil veces mayor que el Conejo Blanco y no había por tanto motivo alguno para tenerle miedo.
Ahora el Conejo había llegado ante la puerta, e intentó abrirla, pero, como la puerta se abría hacia adentro y el codo de Alicia estaba fuertemente apoyado contra ella, no consiguió moverla. Alicia oyó que se decía para sí:
--Pues entonces daré la vuelta y entraré por la ventana.
--Eso sí que no --pensó Alicia.
Y, después de esperar hasta que creyó oír al Conejo justo debajo de la ventana, abrió de repente la mano e hizo gesto de atrapar lo que estuviera a su alcance. No encontró nada, pero oyó un gritito entrecortado, algo que caía y un estrépito de cristales rotos, lo que le hizo suponer que el Conejo se había caído sobre un invernadero o algo por el estilo. Después se oyó una voz muy enfadada, que era la del Conejo:
--¡Pat! ¡Pat! ¿Dónde estás? ¿Dónde estás?
Y otra voz, que Alicia no había oído hasta entonces:
--¡Aquí estoy, señor! ¡Cavando en busca de manzanas, con permiso del señor!
--¡Tenías que estar precisamente cavando en busca de manzanas! --replicó el Conejo muy irritado--. ¡Ven aquí inmediatamente! ¡Y ayúdame a salir de esto!
Hubo más ruido de cristales rotos. --Y ahora dime, Pat, ¿qué es eso que hay en la ventana?
--Seguro que es un brazo, señor --(y pronunciaba «brasso»).
--¿Un brazo, majadero? ¿Quién ha visto nunca un brazo de este tamaño? ¡Pero si llena toda la ventana!
--Seguro que la llena, señor. ¡Y sin embargo es un brazo!
--Bueno, sea lo que sea no tiene por que estar en mi ventana. ¡Ve y quítalo de ahí!
Siguió un largo silencio, y Alicia sólo pudo oír breves cuchicheos de vez en cuando, como «¡Seguro que esto no me gusta nada, señor, lo que se dice nada!» y «¡Haz de una vez lo que te digo, cobarde!» Por último, Alicia volvió a abrir la mano y a moverla en el aire como si quisiera atrapar algo. Esta vez hubo dos grititos entrecortados y más ruido de cristales rotos. «¡Cuántos invernaderos de cristal debe de haber ahí abajo!», pensó Alicia. «¡Me pregunto qué harán ahora! Si se trata de sacarme por la ventana, ojalá pudieran lograrlo. No tengo ningunas ganas de seguir mucho rato encerrada aquí dentro.»Esperó unos minutos sin oír nada más. Por fin escuchó el rechinar de las ruedas de una carretilla y el sonido de muchas voces que hablaban todas a la vez. Pudo entender algunas palabras: «¿Dónde está la otra escalera?... A mí sólo me dijeron que trajera una; la otra la tendrá Bill... ¡Bill! ¡Trae la escalera aquí, muchacho!... Aquí, ponedlas en esta esquina... No, primero átalas la una a la otra... Así no llegarán ni a la mitad... Claro que llegarán, no seas pesado... ¡Ven aquí, Bill, agárrate a esta cuerda!...
¿Aguantará este peso el tejado?... ¡Cuidado con esta teja suelta!... ¡Eh, que se cae! ¡Cuidado con la cabeza!» Aquí se oyó una fuerte caída. «Vaya, ¿quién ha sido?... Creo que ha sido Bill... ¿Quién va a bajar por la chimenea?...
¿Yo? Nanay. ¡Baja tú!... ¡Ni hablar! Tiene que bajar Bill... ¡Ven aquí, Bill! ¡El amo dice que tienes que bajar por la chimenea!»
--¡Vaya! ¿Conque es Bill el que tiene que bajar por la chimenea? se dijo Alicia--. ¡Parece que todo se lo cargan a Bill! No me gustaría estar en su pellejo: desde luego esta chimenea es estrecha, pero me parece que podré dar algún puntapié por ella.
Alicia hundió el pie todo lo que pudo dentro de la chimenea, y esperó hasta oír que la bestezuela (no podía saber de qué tipo de animal se trataba) escarbaba y arañaba dentro de la chimenea, justo encima de ella. Entonces, mientras se decía a sí misma: «¡Aquí está Bill! », dio una fuerte patada, y esperó a ver qué pasaba a continuación.
Lo primero que oyó fue un coro de voces que gritaban a una: «¡Ahí va Bill!», y después la voz del Conejo sola: «¡Cogedlo! ¡Eh! ¡Los que estáis junto a la valla!» Siguió un silencio y una nueva avalancha de voces: «Levantadle la cabeza... Venga un trago... Sin que se ahogue... ¿Qué ha pasado, amigo? ¡Cuéntanoslo todo!»

Por fin se oyó una vocecita débil y aguda, que Alicia supuso sería la voz de Bill:
--Bueno, casi no sé nada... No quiero más coñac, gracias, ya me siento mejor... Estoy tan aturdido que no sé qué decir... Lo único que recuerdo es que algo me golpeó rudamente, ¡y salí por los aires como el muñeco de una caja de sorpresas!
--¡Desde luego, amigo! ¡Eso ya lo hemos visto! --dijeron los otros.
--¡Tenemos que quemar la casa! --dijo la voz del Conejo.
Y Alicia gritó con todas sus fuerzas:
--¡Si lo hacéis, lanzaré a Dina contra vosotros!
Se hizo inmediatamente un silencio de muerte, y Alicia pensó para sí:
--Me pregunto qué van a hacer ahora. Si tuvieran una pizca de sentido común, levantarían el tejado.
Después de uno o dos minutos se pusieron una vez más todos en movimiento, y Alicia oyó que el Conejo decía:
--Con una carretada tendremos bastante para empezar.
--¿Una carretada de qué? --pensó Alicia.
Y no tuvo que esperar mucho para averiguarlo, pues un instante después una granizada de piedrecillas entró disparada por la ventana, y algunas le dieron en plena cara.
--Ahora mismo voy a acabar con esto --se dijo Alicia para sus adentros, y añadió en alta voz--: ¡Será mejor que no lo repitáis!
Estas palabras produjeron otro silencio de muerte. Alicia advirtió, con cierta sorpresa, que las piedrecillas se estaban transformando en pastas de té, allí en el suelo, y una brillante idea acudió de inmediato a su cabeza.
«Si como una de estas pastas», pensó, «seguro que producirá algún cambio en mi estatura. Y, como no existe posibilidad alguna de que me haga todavía mayor, supongo que tendré que hacerme forzosamente más pequeña».
Se comió, pues, una de las pastas, y vio con alegría que empezaba a disminuir inmediatamente de tamaño. En cuanto fue lo bastante pequeña para pasar por la puerta, corrió fuera de la casa, y se encontró con un grupo bastante numeroso de animalillos y pájaros que la esperaban. Una lagartija, Bill, estaba en el centro, sostenido por dos conejillos de indias, que le daban a beber algo de una botella. En el momento en que apareció Alicia, todos se abalanzaron sobre ella. Pero Alicia echó a correr con todas sus fuerzas, y pronto se encontró a salvo en un espeso bosque.
--Lo primero que ahora tengo que hacer --se dijo Alicia, mientras vagaba por el bosque --es crecer hasta volver a recuperar mi estatura. Y lo segundo es encontrar la manera de entrar en aquel precioso jardín. Me parece que éste es el mejor plan de acción.
Parecía, desde luego, un plan excelente, y expuesto de un modo muy claro y muy simple. La única dificultad radicaba en que no tenía la menor idea de cómo llevarlo a cabo. Y, mientras miraba ansiosamente por entre los árboles, un pequeño ladrido que sonó justo encima de su cabeza la hizo mirar hacia arriba sobresaltada.
Un enorme perrito la miraba desde arriba con sus grandes ojos muy abiertos y alargaba tímidamente una patita para tocarla.

--¡Qué cosa tan bonita! --dijo Alicia, en tono muy cariñoso, e intentó sin éxito dedicarle un silbido, pero estaba también terriblemente asustada, porque pensaba que el cachorro podía estar hambriento, y, en este caso, lo más probable era que la devorara de un solo bocado, a pesar de todos sus mimos.
Casi sin saber lo que hacía, cogió del suelo una ramita seca y la levantó hacia el perrito, y el perrito dio un salto con las cuatro patas en el aire, soltó un ladrido de satisfacción y se abalanzó sobre el palo en gesto de ataque. Entonces Alicia se escabulló rápidamente tras un gran cardo, para no ser arrollada, y, en cuanto apareció por el otro lado, el cachorro volvió a precipitarse contra el palo, con tanto entusiasmo que perdió el equilibrio y dio una voltereta. Entonces Alicia, pensando que aquello se parecía mucho a estar jugando con un caballo percherón y temiendo ser pisoteada en cualquier momento por sus patazas, volvió a refugiarse detrás del cardo. Entonces el cachorro inició una serie de ataques relámpago contra el palo, corriendo cada vez un poquito hacia adelante y un mucho hacia atrás, y ladrando roncamente todo el rato, hasta que por fin se sentó a cierta distancia, jadeante, la lengua colgándole fuera de la boca y los grandes ojos medio cerrados.
Esto le pareció a Alicia una buena oportunidad para escapar. Así que se lanzó a correr, y corrió hasta el límite de sus fuerzas y hasta quedar sin aliento, y hasta que las ladridos del cachorro sonaron muy débiles en la distancia.

--Y, a pesar de todo, ¡qué cachorrito tan mono era! --dijo Alicia, mientras se apoyaba contra una campanilla para descansar y se abanicaba con una de sus hojas--. ¡Lo que me hubiera gustado enseñarle juegos, si... si hubiera tenido yo el tamaño adecuado para hacerlo! ¡Dios mío! ¡Casi se me había olvidado que tengo que crecer de nuevo! Veamos: ¿qué tengo que hacer para lograrlo? Supongo que tendría que comer o que beber alguna cosa, pero ¿qué? Éste es el gran dilema.
Realmente el gran dilema era ¿qué? Alicia miró a su alrededor hacia las flores y hojas de hierba, pero no vio nada que tuviera aspecto de ser la cosa adecuada para ser comida o bebida en esas circunstancias. Allí cerca se erguía una gran seta, casi de la misma altura que Alicia. Y, cuando hubo mirado debajo de ella, y a ambos lados, y detrás, se le ocurrió que lo mejor sería mirar y ver lo que había encima.
Se puso de puntillas, y miró por encima del borde de la seta, y sus ojos se encontraron de inmediato con los ojos de una gran oruga azul, que estaba sentada encima de la seta con los brazos cruzados, fumando tranquilamente una larga pipa y sin prestar la menor atención a Alicia ni a ninguna otra cosa.




miércoles, 24 de octubre de 2012

Quiero que la gente compre mi libro y no el de J.K Rowling


  • Desea que a sus lectores les interesen más sus novelas que el mundo real
  • El objetivo de Follett es que ''la gente apague la televisión y lea un libro''. Está convencido de que hay que ofrecerles algo con lo que puedan disfrutar
MADRID, ESPAÑA (23/OCT72012).- "Lo que quiero es que la gente compre mi libro y no el de J.K. Rowling", aseguró hoy en Madrid Ken Follet, autor de la trilogía "The Century", para quien lo más fascinante de su vida es la escritura y conseguir que a sus lectores les interese más sus novelas que el mundo real.

La presentación de la edición en castellano del segundo libro de la trilogía del escritor galés, "El invierno del mundo", de Plaza y Janés, transformó hoy los jardines de la Embajada italiana en Madrid en un escenario de la Guerra Civil Española, conflicto que aparece en esta obra que sigue a "La caída de los gigantes".

Ambientada con música de la época, como "Ay Carmela", Ken Follet hizo su aparición ante los medios de comunicación a bordo de la cabina de un camión militar descubierto y acompañado de tres milicianos con fusiles y cajas que simulaban portar armas y que, por supuesto, contenían ejemplares de "El invierno del mundo".

En la rueda de prensa posterior, Follet dejó muy claro que lo que más le gusta es escribir: "Es lo más interesante que tengo en mi vida".

El objetivo de Follett es que "la gente apague la televisión y lea un libro" y para ello está convencido de que hay que ofrecerles algo con lo que puedan disfrutar y de lo que obtengan un "extra".

La fórmula para el autor galés es sencilla, hay que escribir un libro que conmueva a los lectores, que consiga una reacción emocional y si es así, "el relato tendrá éxito, si no, no lo tendrá".

Pero afirmó que nunca mira el mercado ni los libros que se venden bien a la hora de ponerse a escribir, que sólo piensa en cómo se sentirá la gente al leerle "y no sobre si quieren una historia sobre una escuela de niños magos o de vampiros sexy"

La última novela de Follet, que se puso a la venta en castellano el pasado 20 de septiembre, continúa la apasionante historia de las cinco familias que cautivaron a los lectores en "La caída de los gigantes".

Ahora, son los hijos de sus protagonistas los que, a través de sus luchas personales, políticas y militares, muestran la historia de unos años que cambiaron el mundo para siempre, desde el ascenso del nazismo en Alemania en 1933, hasta el inicio de la Guerra Fría, en 1949.

La Guerra Civil española también está presente en la novela: dos de los protagonistas principales luchan en las brigadas internacionales en la batalla de Belchite.

La tercera y última entrega, que Follett escribe actualmente y que se publicará en 2014, será protagonizada por la generación de los nietos y narrará su historia desde la construcción del muro de Berlín hasta su caída, en 1989.

Aunque se puede aprender de la historia para aplicarla a la actualidad, el autor cree que es algo que debe realizar cada lector y no él.

No obstante, reconoció un "paralelismo claro" entre los años treinta, década de la Gran Depresión económica, y la situación actual que atraviesa Europa, aunque recalcó que la gran diferencia es que ahora los ciudadanos confían más en la democracia que entonces, por lo que se mostró convencido de que las cosas "se van a resolver".

Follet, autor de una treintena de novelas, dijo no tener nunca suficientes lectores y querer siempre "vender más libros que la última vez".

Por eso apostó por que se lea en el formato que sea, ya sea en papel, de forma digital o a través de un audio en el coche: "Yo lo que quiero es que la gente compre mi libro y no el de J.K.Rowling", creadora de la saga Harry Potter y que ha publicado ahora su primera novela para adultos, "Casual Vacancy".

Y también se mostró animado a llevar su trilogía a una miniserie de televisión, aunque dijo que no venderá los derechos hasta que la acabe en 2014, fecha para la que confía en que la crisis económica haya finalizado y alguien cuente con el dinero necesario para ello.

Ken Follett, autor de más de veintiséis novelas, de las que ha vendido más de cien millones de ejemplares en todo el mundo, tiene una preferida, "Los pilares de la tierra".

CRÉDITOS:

 EFE / ACF

viernes, 12 de octubre de 2012

Nombre: Capítulo 1 - 22/11/1963 Autor: Stephen King Editorial: RHM


                                                                                                       CAPÍTULO 1
                                                                                                                  1
Harry Dunning se graduó de manera triunfal. Yo asistí a la peque-ña ceremonia en el gimnasio del instituto, por invitación suya. En realidad, él no tenía a nadie más, así que acepté con mucho gusto.Tras la bendición (pronunciada por el padre Bandy, quien raramente se perdía un acto del instituto), me abrí paso entre el remolino de amigos y familiares hasta donde, solitario, se encontraba Harry envuelto en su inflada toga negra, sosteniendo el diploma en una mano y el birrete alquilado en la otra. Le cogí el gorro para poder estrecharle la mano. Sonrió, exponiendo una dentadura con muchos agujeros y varias piezas torcidas. Aun así, esgrimía una sonrisa radiante y cautivadora.—Gracias por venir, señor Epping. Muchas gracias.—Ha sido un placer. Y puedes llamarme Jake. Es un pequeño privilegio que concedo a los estudiantes que tienen edad suficiente para ser mi padre.Por un momento pareció confundido, entonces se echó a reír.—Sí, supongo que es así, ¿no? ¡Ostras! Yo también me eché a reír. Un montón de gente reía a nuestro alrededor. Y corrían las lágrimas, por supuesto. Lo que para mí entraña tanta dificultad, resulta fácil para muchas personas.—¡Y ese sobresaliente alto! ¡Ostras! ¡Nunca en toda mi vida había sacado un sobresaliente alto! ¡Ni siquiera lo esperaba!—Te lo merecías, Harry. Y bueno, ¿qué es lo primero que vas a hacer como graduado de secundaria?
Su sonrisa desapareció por un segundo; era una perspectiva que no había contemplado.—Pues supongo que volveré a casa. Tengo una casita alquilada en Goddard Street, ¿sabe? —Alzó el diploma, sujetándolo cuidadosamente con las yemas de los dedos, como si la tinta pudiera correrse—. Le pondré un marco y lo colgaré en la pared. Después supongo que me serviré una copa de vino y me sentaré en el sofá y me quedaré admirándolo hasta la hora de dormir.—Parece un buen plan —dije—, pero antes, ¿te gustaría acompañarme a comer una hamburguesa con patatas fritas? Podríamos ir a Al’s.Esperaba una mueca como respuesta, aunque, por supuesto, estaba juzgando a Harry tomando como patrón a mis colegas. Por no mencionar a la mayoría de los chicos a los que enseñábamos; evitaban Al’s como la peste y solían frecuentar el Dairy Queen frente al instituto o el Hi-Hat en la 196, cerca de donde en otro tiempo estuvo el viejo autocine de Lisbon.—Sería estupendo, señor Epping. ¡Gracias!—Jake, ¿recuerdas?—Jake, claro.De modo que llevé a Harry a Al’s, donde yo era el único cliente asiduo de entre el profesorado y, aunque aquel verano había contratado a una camarera, nos sirvió el propio Al. Como de costumbre, un cigarrillo (ilegal en establecimientos públicos hosteleros, pero eso nunca fue un impedimento) ardía en la comisura de sus labios, y entornaba el ojo del mismo lado a causa del humo. Cuando vio la toga de graduación doblada y comprendió el motivo de la celebración, insistió en correr con la cuenta (si podía llamarse así; las comidas en Al’s eran extraordinariamente baratas, lo cual había suscitado rumores acerca del destino de ciertos animales callejeros de la vecindad). Además, nos sacó una foto, que más tarde colgó en lo que él denominaba Muro Local de los Famosos. Entre los «famosos» representados se incluía al difunto Albert Dunton, fundador de la Joyería Dunton; a Earl Higgins, un antiguo director del instituto; a John Crafts, fundador de Automóviles John Crafts, y, por supuesto, al padre Bandy, de la iglesia de San Cirilo. (El sacerdote estaba emparejado con el papa Juan XXIII; este último no por ser lugareño, sino por la veneración de Al Templeton, quien sedefinía como «un buen católico».) La foto que Al sacó aquel día muestra a Harry Dunning con una gran sonrisa. Yo posaba a su lado, y ambos sujetábamos el diploma. Su corbata estaba ligeramente torcida. Lo recuerdo porque me hizo pensar en aquellos garabatos que trazaba al final de las y minúsculas. Lo recuerdo todo. Lo recuerdo muy bien.
                                                                                                             2
Dos años más tarde, el último día de curso, me encontraba sentado en la misma sala de profesores leyendo una hornada de trabajos finales que mis alumnos de la clase avanzada de poesía americana habían escrito. Los chicos ya se habían marchado, libres y despreocupados ante un nuevo verano, y pronto yo seguiría su ejemplo. Por el momento, me alegraba de estar donde estaba, disfrutando de ese silencio poco frecuente. Pensé que antes de irme incluso tendría que limpiar el armario donde guardábamos comida. Alguien tenía que hacerlo, pensé.Más temprano, ese mismo día, Harry Dunning se me había acercado cojeando después de las tutorías (que habían sido especialmente bulliciosas, como suele ocurrir en todas las aulas y salas de estudio el último día de curso) y me había tendido la mano.—Quería darle las gracias por todo —dijo.Sonreí abiertamente.—Ya lo hiciste, según recuerdo.—Sí, pero este es mi último día. Me jubilo, así que quería estar seguro y darle las gracias otra vez.Mientras le estrechaba la mano, un chaval que pasaba a nuestro lado —seguramente del segundo curso, a juzgar por la cosecha fresca de espinillas y el tragicómico rastrojo que aspiraba a ser perilla en el mentón— susurró:—Harry el Sapo, brincando calle a-ba-jo.Hice ademán de agarrarle con la intención de obligarle a que se disculpara, pero Harry me detuvo. Su sonrisa era natural y no parecía ofendido.—Bah, no se preocupe, estoy acostumbrado. Son solo niños.—Correcto —asentí—. Y nuestro trabajo es educarlos.
—Lo sé, y a usted se le da bien. Pero no es mi trabajo ser… cómo se dice, el «momento enseñable» de nadie. Y hoy menos aún. Espero que se cuide, señor Epping. —Quizá tuviera edad suficiente para ser mi padre, pero por lo visto Jake siempre iba a estar fuera de su alcance.—Tú también, Harry.—Nunca olvidaré ese sobresaliente alto. También le puse un marco. Lo tengo junto a mi diploma.—Bien hecho.Y era cierto. Era perfecto. Su redacción había sido arte primitivista, pero en todos los aspectos tan poderoso y auténtico como cualquier pintura de la abuela Moses. Desde luego, era mejor que el material que leía en ese momento. Esos trabajos estaban redactados con una ortografía en su mayor parte correcta y un lenguaje claro (aunque mis precavidos alumnos «no corredores de riesgos» destinados a la universidad tenían una irritante tendencia a caer en la voz pasiva), pero el mensaje era pálido. Aburrido. Mis chicos de la clase avanzada pertenecían a los primeros cursos —Mac Steadman, el director del departamento, se adjudicaba los del último año—, pero escribían como ancianitos y ancianitas, todo con un estilo amanerado y «oooh, no resbales en ese suelo helado, Mildred». A pe sar de sus lapsus gramaticales y su concienzuda cursiva, Harry Dunning había escrito como un héroe. En una ocasión, al menos.Mientras cavilaba sobre la diferencia entre la literatura ofensiva y defensiva, el interfono de la pared carraspeó.—¿Está el señor Epping en la sala de profesores del ala oeste? ¿Por casualidad sigues ahí, Jake?Me levanté, apreté el botón con el pulgar y dije:—Sigo aquí, Gloria. Por mis pecados. ¿En qué puedo ayudarte?—Tienes una llamada. Un tipo llamado Al Templeton. Puedo pasártela si quieres. O decirle que ya te has ido.Al Templeton, dueño y operario de Al’s Diner, del que renegaba todo el cuerpo docente del instituto, excepto un servidor. Incluso mi estimado director del departamento —que intentaba hablar como un catedrático de Cambridge y que también se aproximaba a la edad de jubilación— era conocido por referirse a la especialidad de la casa como la Famosa Gatoburguesa de Al en lugar de la Famosa Granburguesa de Al.
Bueno, claro que no es realmente de gato, diría la gente, o probablemente no es de gato, pero si cuesta uno con diecinueve, tampoco puede ser de ternera.—¿Jake? ¿Te me has quedado dormido?—No, no, estoy bien despierto. —Además, sentía curiosidad por saber por qué Al me llamaba al instituto. Y, si vamos al caso, por qué me llamaba siquiera. La nuestra siempre había sido una relación estrictamente cocinero-cliente. Yo apreciaba su comida, y Al apreciaba mi patrocinio—. Adelante, pásamelo.—De todas formas, ¿por qué sigues aquí?—Me estoy flagelando.—¡Oooh! —exclamó Gloria, y pude imaginarla aleteando sus largas pestañas—. Me encanta cuando dices guarrerías. No cuelgues y espera hasta que oigas el ring-ring.Cortó la comunicación. La extensión sonó y levanté el auricular.—¿Jake? ¿Estás ahí, socio?Al principio pensé que Gloria debía de haber entendido mal el nombre. Aquella voz no podía pertenecer a Al. Ni siquiera el peor resfriado del mundo podría haber producido semejante graznido.—¿Quién es?—Al Templeton, ¿no te lo han dicho? Jesús, ese tono de espera es un asco. ¿Qué pasó con Connie Francis?Empezó a toser, emitiendo un ruido de trinquetes tan fuerte que me obligó a apartar el teléfono de la oreja.—Parece que tengas la gripe.Se echó a reír, pero a la vez seguía tosiendo. La combinación resultaba verdaderamente truculenta.—He pillado algo, sí.—Ha debido de pegarte rápido. —Había estado allí el día anterior tomando una cena temprana. Una Granburguesa, patatas fritas y un batido de fresa. En mi opinión, es fundamental que un tipo que vive solo les dé a todos los grupos alimenticios importantes.—Podrías decirlo así. Aunque también podrías decir que tardó su tiempo. Acertarías de cualquiera de las dos formas.No supe qué responder a eso. Había mantenido muchas conversaciones con Al en los seis o siete años que llevaba frecuentando el Diner, y él podía ser raro —insistía en referirse a los Patriots de Nueva Inglaterra como los Patriots de Boston, por ejemplo, y hablaba de Ted Williams como si le conociera igual que a un hermano—, pero nunca había tenido una conversación tan extraña como aquella.—Jake, necesito verte. Es importante.—¿Puedo preguntar…?—Ya cuento con que me harás muchas preguntas, y las responderé, pero no por teléfono.Ignoraba cuántas respuestas sería capaz de dar antes de que le fallara la voz, pero le prometí que iría aproximadamente en una hora.—Gracias. Ven antes si puedes. El tiempo es, como se suele decir, de vital importancia. —Y colgó, tal cual, sin despedirse siquiera.Terminé de leer dos trabajos más, y aunque solo me quedaban cuatro, eso no me sirvió de motivación. Había perdido el humor. Así que los deslicé en mi maletín y me marché. Me pasó por la cabeza la idea de subir a la oficina y desearle a Gloria un buen verano, pero no me molesté. Ella estaría allí toda la semana siguiente, cerrando los libros de otro año escolar, y yo iba a volver el lunes para limpiar el armarito; se trataba de una promesa que me había hecho a mí mismo. De otro modo, los profesores que usaran la sala del ala oeste durante el verano lo encontrarían infestado de bichos.Si hubiera sabido lo que me deparaba el futuro, ciertamente habría subido a verla. Quizá incluso le habría dado el beso que flirteaba en el aire entre nosotros desde el último par de meses. Pero, por supuesto, no lo sabía. La vida cambia en un instante.
                                                                                                       3
Al’s Diner ocupaba una enorme caravana plateada frente a las vías de Main Street, a la sombra de la vieja fábrica textil Worumbo. Lugares como ese pueden parecer vulgares, pero Al había ocultado los bloques de cemento sobre los que se asentaba su establecimiento con frondosos parterres de flores. Tenía incluso un cuadrado de césped que él mismo recortaba con un antiguo cortacésped manual. El aparato estaba tan bien cuidado como las flores y el césped; ni rastro de herrumbre en las runruneantes hojas, pintadas de un color resplandeciente. Bien podría haberla comprado en la tienda local de Western Auto la semana anterior…, si aún hubiera un Western Auto en Las Falls, claro. En otro tiempo sí hubo uno, pero cayó víctima de las grandes superficies con el cambio de siglo.Avancé por el camino pavimentado, subí los escalones, y entonces me detuve con el ceño fruncido. El letrero en el que se leía ¡bienvenidos a al’s diner, el hogar de la granburguesa!ya no estaba. Lo sustituía un cuadrado de cartón que anunciaba cerrado por enfermedad. no reabriremos. gracias por elegirnos todos estos años & que dios os bendiga.Aún no me había internado en la niebla de irrealidad que pronto me engulliría, pero los primeros zarcillos ya se filtraban, rodeándome, y los sentía. No era un resfriado de verano lo que había causado la ronquera que oí en la voz de Al ni los graznidos de tos. Tampoco había sido la gripe. A juzgar por el letrero, se trataba de algo más serio. Pero ¿qué clase de enfermedad grave se contraía en veinticuatro horas? En menos, realmente. Eran las dos y media. Me había marchado de Al’s a las cinco cuarenta y cinco, y entonces se encontraba bien. Casi frenético, de hecho. Recuerdo que le pregunté si no habría estado bebiendo mucho café, y respondió que no, que solo estaba pensando en tomarse unas vacaciones. ¿Las personas que están enfermas (lo bastante enfermas como para cerrar el negocio que han regentado en solitario durante más de veinte años) hablan de tomarse unas vacaciones? Algunas, quizá, pero probablemente no sean muchas.La puerta se abrió antes de que mi mano alcanzara el picaporte, y allí estaba Al mirándome, sin sonreír. Eché una ojeada por encima del hombro, sintiendo que aquella niebla de irrealidad se espesaba a mi alrededor. El día era cálido; la niebla, fría. En aquel momento aún habría podido dar media vuelta y salir de ella, regresar al sol de junio, y una parte de mí deseó hacerlo. Sin embargo, más que nada, me quedé petrificado por el asombro y la consternación. También por el terror, debería admitirlo. Porque las enfermedades graves nos aterrorizan, ¿verdad?, y bastaba un simple vistazo para notar que Al se encontraba gravemente enfermo. Aunque puede que mortalmente sea la palabra más apropiada.No solo era que sus normalmente rubicundas mejillas se habían tornado flácidas y cetrinas. No solo era el velo que cubría sus ojos azules, que ahora parecían desvaídos y miopes. Ni siquiera era su pelo, antes casi todo negro y ahora casi todo blanco…, des pués de todo, tal vez se aplicaba uno de esos productos cosméticos por vanidad y decidió de improviso lavárselo y dejárselo al natural.Lo imposible del asunto era que, en las veintidós horas transcurridas desde la última vez que lo había visto, Al Templeton parecía haber perdido por lo menos quince kilos. Quizá veinte, lo cual representaría un cuarto de su anterior peso corporal. Nadie pierde quince o veinte kilos en menos de un día, nadie. Sin embargo, mis ojos no me engañaban. Y aquí, creo, fue donde la niebla de irrealidad me engulló de un bocado.Al sonrió, y advertí que, además de peso, había perdido varios dientes. Las encías presentaban un aspecto pálido y enfermizo.—¿Te gusta mi nuevo yo, Jake? —Y empezó a toser, espesos sonidos de cadenas que surgían desde sus entrañas.Abrí la boca. No brotó palabra alguna. La idea de huir se cernió de nuevo sobre cierta parte cobarde y asqueada de mi mente, pero incluso si dicha parte hubiera tenido el control, no habría podido hacerlo. Estaba clavado en el suelo.Al dominó la tos y sacó un pañuelo del bolsillo trasero. Se limpió primero la boca y luego la palma de la mano. Antes de que volviera a guardarlo, pude distinguir algunas vetas rojas.—Entra —me dijo—. Tengo mucho que contar, y creo que eres el único que me escuchará. ¿Me vas a escuchar? —Al. —Mi voz sonaba tan baja y débil que a duras penas me oía a mí mismo—. ¿Qué te ha pasado?—¿Me vas a escuchar?—Claro.—Tendrás preguntas, y responderé a tantas como pueda, pero procura que sean las mínimas. No me queda demasiada voz. Diablos, no me queda demasiada fuerza. Vamos dentro.Entré. El restaurante estaba oscuro y frío y vacío; la barra, bru-ñida y sin migas; el cromo de los taburetes relucía, la urna de la cafetera brillaba lustrosa; el cartel que decía si no te gusta nuestra ciudad, busca un horario seguía en su sitio de costumbre, junto a la caja registradora Sweda. Lo único que faltaba eran los clientes.Bueno, y el cocinero-propietario, por supuesto. Al Templeton había sido reemplazado por un fantasma anciano y renqueante.

lunes, 1 de octubre de 2012

Nombre: Capítulo 1 - Danza de Dragones Autor: George R. R. Martin


P R Ó L O G O
La noche apestaba a hombre.
El cambiapieles se detuvo al pie de un árbol y olisqueó, con el pelaje
pardusco moteado de sombras. Una ráfaga del viento que soplaba entre los
pinos llevó hasta él el olor del hombre, por encima de otros más sutiles
que hablaban del zorro y la liebre, de la foca y el venado, incluso del lobo.
Sabía que estos también eran olores del hombre: el hedor de pieles viejas,
muertas, agriadas, casi sofocado por otros más intensos: los del humo, la
sangre y la putrefacción. Solo el hombre despojaba a otras bestias de su
piel y usaba sus cueros y pelajes para vestirse.
Los cambiapieles no temían al hombre como lo temían los lobos. El
odio y el hambre se le agolparon en el vientre, y dejó escapar un gruñido
grave para llamar a su hermano tuerto y a su hermana menuda y astuta.
Se lanzó corriendo entre los árboles, y su manada lo siguió de cerca. Los
otros también habían captado el olor. Mientras corrían, veía por los ojos
de sus acompañantes y se divisaba a sí mismo al frente. El aliento de la
manada se alzaba en bocanadas cálidas y blancas que brotaban de las
alargadas fauces grises. Se les había formado hielo entre los dedos, duro
como la piedra, pero había empezado la cacería; la presa aguardaba.
«Carne», pensó el cambiapieles.
Por sí mismo, el hombre era poca cosa. Grande y fuerte, sí, y con buena
vista, pero corto de oído e insensible a los olores. El ciervo, el alce y hasta
la liebre eran más veloces; el oso y el jabalí, más fieros. Sin embargo, en
manada, los hombres eran peligrosos. Cuando estuvieron más cerca de la
presa, el cambiapieles oyó el berrido de un cachorro, el crujido de la nieve
caída la noche anterior al quebrarse bajo lastorpes patas del hombre, el tableteo de las pieles duras y las largas zarpas grises que llevaban los hombres.
«Espadas —le susurró una voz en su interior—. Lanzas.»
A los árboles les habían salido dientes de hielo que los amenazaban
desde las ramas desnudas. Un ojo avanzó veloz por la maleza, levantando la nieve a su paso. La manada lo siguió colina arriba, ladera abajo,
hasta que ya no hubo más bosque y tuvo a los hombres ante sí. Uno era
hembra, y el bulto envuelto en pieles al que se aferraba era su cachorro.
«Déjala para después; los peligrosos son los machos», le susurró la
voz. Se rugían entre sí como era habitual en los hombres, pero el cambiapieles olió su terror. Uno llevaba un colmillo de madera tan alto como él
mismo. Se lo lanzó, pero le temblaba la mano, y el colmillo le pasó
volando por encima de él.
23

Prólogo

La manada cayó sobre ellos.
Su hermano tuerto derribó al lanzadientes contra un ventisquero y le
desgarró el cuello mientras se debatía. Su hermana, sigilosa, se situó tras
el otro macho y lo atacó por la espalda. De esa manera solo quedaron
para él la hembra y el cachorro.
La hembra también tenía un colmillo, pequeño y de hueso, pero lo
soltó en cuanto las fauces del cambiapieles se cerraron alrededor de
su pierna. Cayó rodeando con ambos brazos al escandaloso cachorro.
No era más que piel y huesos bajo la ropa, pero tenía las mamas llenas
de leche. La carne más tierna era la del cachorro. El lobo guardó los
trozos más sabrosos para su hermano. La nieve helada fue tiñéndose de
rosa y rojo en torno a los cadáveres a medida que la manada se llenaba
la barriga.
A leguas de allí, en una choza de adobe y hierba seca sin paredes
interiores, con suelo de tierra batida y techo de paja con un agujero para
el humo, Varamyr se estremeció, tosió y se humedeció los labios. Tenía
los ojos enrojecidos, los labios agrietados y la garganta seca como la
arena, pero el sabor de sangre y grasa le impregnaba la boca aunque su
vientre hinchado pedía comida a gritos.
«Carne de bebé —pensó acordándose de Chichón—. Carne humana.»
¿Había caído tan bajo como para ansiar carne humana? Casi le parecía oír la voz gruñona de Haggon: «El hombre come carne de animales
y los animales comen carne de hombre, pero el hombre que come carne
de hombre es una abominación».
«Abominación. —La palabra favorita de Haggon—. Abominación,
abominación, abominación.» Comer carne humana era una abominación;
aparearse como lobo con otro lobo era una abominación; apoderarse del
cuerpo de otra persona era la peor abominación posible.
«Haggon era débil y tenía miedo de su propio poder. Murió solo y
lloriqueando, y no hasta que le arranqué la segunda vida. —El propio
Varamyr había devorado su corazón—. Fue mucho lo que me enseñó, sin
duda. Lo último que aprendí de él fue el sabor de la carne humana.»
Pero eso había sido como lobo. Nunca había comido carne humana
con dientes de hombre. Aun así, no reprochaba a la manada el banquete
que se había dado. Los lobos estaban tan hambrientos como él: flacos,
helados, famélicos; en cuanto a su presa...
«Dos hombres y una mujer con un bebé; huían de la derrota a la
muerte. De cualquier manera, no habrían tardado en morir de frío o
inanición. Esto ha sido mejor, más rápido. Misericordioso.»
24

—Misericordioso —repitió en voz alta.
Tenía la garganta seca, pero era agradable oír una voz humana,
aunque fuera la suya. El aire apestaba a moho y humedad; el suelo era
frío y duro, y la hoguera proporcionaba más humo que calor. Se acercó
a las llamas tanto como se atrevió, entre toses y estremecimientos. Le
dolía el costado, allí donde se le había abierto la herida. La sangre le había
empapado los calzones hasta la rodilla antes de secarse para formar una
costra dura y pardusca.
—Te he cosido como mejor he podido —le había advertido Abrojo—,
pero ahora tienes que reposar para que cicatrice, o se te volverán a abrir
las carnes.
Abrojo había sido su última acompañante: una mujer de las lanzas,
dura como una raíz recrecida, llena de verrugas, de piel curtida. Los
demás los habían ido abandonando por el camino: uno a uno se fueron
quedando atrás, o se les adelantaron rumbo a sus antiguas aldeas, o
hacia el Agualechosa, o a Casa Austera, o hacia una solitaria muerte en
el bosque. No le importaba gran cosa qué suerte hubieran corrido.
«Debería haberme apoderado de alguno. De uno de los gemelos, o
del grandullón de las cicatrices, o del joven pelirrojo.» Pero le había
dado miedo. otra persona podría haberse dado cuenta, y entonces se
habrían vuelto contra él y lo habrían matado. Las palabras de Haggon
pesaban demasiado, y dejó escapar la ocasión.
Habían sido millares los que llegaron al bosque tras la batalla:
hombres y mujeres tambaleantes, hambrientos, asustados, que huían
de la carnicería del Muro. Algunos hablaban de volver a las casas que
habían dejado atrás y otros de preparar un segundo ataque contra la
puerta, pero casi todos estaban perdidos, desorientados, sin la menor
idea de adónde ir ni qué hacer. Habían logrado escapar de los cuervos
de capa negra y de los caballeros de acero gris, pero en el bosque los
acechaban enemigos mucho más implacables. Cada día que pasaba
dejaba más cadáveres a lo largo de los senderos. Unos morían de hambre; otros, de frío; otros sucumbían a la enfermedad. A algunos los
mataban quienes habían sido sus hermanos de armas en el viaje hacia
el sur con Mance Rayder, el Rey-más-allá-del-Muro.
«Mance ha caído», se decían los supervivientes con desesperación.
«Mance está prisionero.» «Mance ha muerto.»
—Harma ha muerto y a Mance lo han capturado; los demás huyeron
y nos abandonaron —le había explicado Abrojo mientras le cosía la
herida—. Tormund, el Llorón, Seispieles, todos esos valientes... ¿Dónde
están?
25

«No sabe quién soy —comprendió Varamyr en aquel momento—.
Claro, ¿cómo iba a reconocerme? —Sin sus bestias no tenía nada de
grandioso—. Yo era Varamyr Seispieles; compartí el pan con Mance
Rayder. —Había elegido para sí el nombre de Varamyr a los diez años—.
Un nombre digno de un señor, un nombre para las canciones, un nombre
poderoso y temible.» Y aun así había huido de los cuervos como un
conejo aterrado. El temible lord Varamyr se había acobardado, pero no
estaba dispuesto a permitir que ella lo supiera, así que le dijo a la mujer
de las lanzas que se llamaba Haggon. Más tarde se preguntaría por qué
había elegido aquel nombre de entre todos los posibles. «Me comí su
corazón y me bebí su sangre, y aun así sigue persiguiéndome.»
Un día, mientras huían, llegó un flaco caballo blanco al galope, y
su jinete les gritó que tenían que dirigirse hacia el Agualechosa, que el
Llorón estaba organizando un grupo de guerreros para cruzar el puente
de las Calaveras y tomar la Torre Sombría. Muchos lo siguieron; muchos
más, no. Más adelante, un guerrero de gesto adusto cubierto de pieles y
ámbar fue de hoguera en hoguera para instar a los supervivientes a que
se dirigieran al norte y se refugiaran en el valle de los thenitas. Varamyr
no llegó a saber por qué se suponía que el valle era un lugar seguro
cuando sus propios habitantes lo habían abandonado, pero tuvo cientos
de seguidores. otros cientos fueron en pos de la bruja de los bosques, que
había tenido una visión de una flota arribada para trasladar al pueblo
libre hacia el sur.
—¡Tenemos que buscar el mar! —había gritado Madre Topo, y sus
seguidores se encaminaron hacia el este.
De haber tenido más fuerzas, Varamyr habría ido con ellos. Pero el
mar era frío y gris, y estaba muy lejos, y sabía que no viviría para verlo.
Había estado muerto o moribundo nueve veces, y esa muerte sería la
verdadera.
«Una capa de piel de ardilla —recordó—. Me apuñaló por una capa
de piel de ardilla.»
Su propietaria había muerto, con la parte trasera de la cabeza destrozada, convertida en pulpa roja y astillas de hueso, pero la capa parecía
gruesa y cálida. Estaba nevando y Varamyr había perdido la ropa en el
Muro: las pieles con que se arrebujaba para dormir, las prendas interiores
de lana, las botas de cuero de oveja, los guantes con forro de pelo, sus
reservas de comida e hidromiel, los mechones de cabello que guardaba
de las mujeres con las que se acostaba y hasta las pulseras de oro que le
había regalado Mance... Lo había perdido todo; todo había tenido que
dejarlo atrás.
26

«Ardí, morí, y luego hui enloquecido de dolor y de miedo. —El
mero recuerdo hacía que volviera a avergonzarse, pero no había sido
el único en huir. Habían sido muchos otros, cientos, miles—. Habíamos
perdido el combate. Habían llegado los caballeros, invulnerables con
sus armaduras de acero, y mataban a todo aquel que prefería quedarse
y seguir luchando. Había que elegir entre la huida y la muerte.» Pero
no había resultado tan fácil escapar de la muerte. Al encontrarse en el
bosque con el cadáver de la mujer, Varamyr se arrodilló para quitarle
la capa y no vio al niño hasta que saltó de su escondrijo para clavarle
en el costado el largo cuchillo de hueso y arrancarle la capa de las
manos.
—Era su madre —le explicó Abrojo más adelante, después de que
el chico escapara—. Era la capa de su madre, y al ver que se la estabas
robando...
—Estaba muerta —replicó Varamyr. Entrecerró los ojos cuando la
aguja de hueso le perforó la carne—. Le habían machacado la cabeza;
debió ser cosa de un cuervo.
—No fue ningún cuervo, fueron unos pies de cuerno, que lo vi yo.
—Tiró de la aguja para cerrarle el tajo del costado—. Son unos salvajes.
¿Quién va a doblegarlos ahora?
«Nadie. Si Mance ha muerto, el pueblo libre está perdido.» Los thenitas, los gigantes, los pies de cuerno, los moradores de las cuevas con
sus dientes afilados, los hombres de la orilla oeste con sus carros de
hueso... Todos estaban perdidos, hasta los cuervos. Tal vez aquellos
cabrones de capa negra no lo supieran aún, pero morirían igual que los
demás. El enemigo estaba cada vez más cerca.
La voz rasposa de Haggon volvió a resonar en su mente: «Morirás
una docena de muertes, chico, y te dolerán todas, desde la primera hasta
la última. Pero, cuando te llegue la muerte verdadera, vivirás de nuevo.
Tengo entendido que la segunda vida es más sencilla, más grata».
Varamyr Seispieles no tardaría en comprobarlo personalmente.
Notaba el sabor de la muerte verdadera en el humo acre que impregnaba
el aire; la sentía en la calidez que palpaban sus dedos cuando se introducía una mano bajo la ropa para tocarse la herida. Además, tenía el frío
dentro, un frío implacable que se le había metido en los huesos. En esa
ocasión iba a matarlo el frío.
Su última muerte la había causado el fuego.
«Ardí.» Al principio, confuso, creyó que un arquero del Muro le
había acertado con una flecha llameante, pero el fuego ya estaba en su
interior, consumiéndolo desde dentro. Y el dolor...

Ya había muerto nueve veces. En una ocasión lo atravesó una lanza;
en otra fueron los dientes de un oso en el cuello; en otra, la pérdida de
sangre al dar a luz a un cachorro muerto. La primera muerte le sobrevino
con solo seis años, cuando su padre le destrozó el cráneo con un hacha;
pero ni aquello había sido tan atroz como el fuego en las entrañas, chisporroteándole en las alas, devorándolo. Trató de huir volando, pero el
pánico avivó las llamas, que ardieron con más virulencia. Un momento
atrás estaba muy por encima del Muro, controlando los movimientos
de los hombres del suelo con sus ojos de águila. De repente, las llamas le
transformaron el corazón en cenizas ennegrecidas y le devolvieron el
espíritu a su propia piel entre aullidos. Llegó a perder la razón durante
un rato. El mero recuerdo lo hacía estremecer.
Fue entonces cuando advirtió que se había apagado la hoguera.
Solo quedaban unos restos carbonizados de madera con unas pocas
ascuas entre las cenizas.
«Aún sale humo; solo falta leña.» Apretando los dientes para contener el dolor, se arrastró hasta el montón de ramas rotas que había juntado
Abrojo antes de irse a cazar y echó unos palos a las cenizas.
—Prende —graznó—. Arde, ¡arde!
Sopló sobre las brasas al tiempo que elevaba una plegaria muda a los
dioses sin nombre del bosque, la colina y el campo.
Los dioses no respondieron. Poco más tarde, el humo también desapareció. La choza estaba enfriándose por momentos. Varamyr no tenía
yesca, pedernal ni incendaja. Le resultaría imposible volver a encender
la hoguera.
—Abrojo —llamó con la voz ronca, quebrada por el dolor—. ¡Abrojo!
Era una mujer de barbilla puntiaguda y nariz aplastada, con un enorme
lunar en la mejilla del que crecían cuatro cerdas negras. Era un rostro
feo, hosco, pero en aquel momento habría dado cualquier cosa por verlo
asomar por la puerta de la choza.
«Tendría que haberme apoderado de ella antes de que se marchara.»
¿Cuánto hacía que se había ido? ¿Dos días? ¿Tres? No lo sabía a ciencia
cierta. Dentro de la choza reinaba la oscuridad, y se había dejado llevar
por el sueño en más de una ocasión, de modo que no podía estar seguro
de si era de día o de noche.
—Espera aquí —le había dicho la mujer—. Voy a buscar comida.
Así que se había quedado esperando como un imbécil, soñando con
Haggon, con Chichón y con todas las cosas malas que había hecho en su
ya larga vida, pero habían pasado días y noches sin que Abrojo regresara.
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«No va a volver.» Se preguntó si no lo habría traicionado. Tal vez
supiera qué pensaba con solo mirarlo, o quizá él hubiera hablado en sus
sueños febriles.
—Abominación —oyó decir a Haggon.
Era casi como si estuviera allí, en la choza con él.
—No es nada más que una mujer de las lanzas, y fea para más señas
—replicó—. Yo soy un gran hombre. Soy Varamyr, el cambiapieles. No
es justo que ella viva y yo tenga que morir. —Nadie respondió, puesto
que no había nadie. Abrojo se había ido. Lo había abandonado, como
todos los demás.
Hasta su propia madre lo había abandonado. «Lloró por Chichón,
pero no por mí.» La mañana en que su padre lo sacó de la cama para
entregarlo a Haggon, su madre no quiso ni mirarlo. El niño chilló y pataleó mientras su padre lo arrastraba por el bosque, hasta que lo abofeteó
y le dijo que se callara.
—Tu sitio está entre los de tu calaña —fue lo único que le dijo antes
de soltarlo a los pies de Haggon.
«Y era verdad —pensó, tiritando—. Haggon me enseñó mucho,
mucho. Me enseñó a cazar y pescar, a despiezar un animal muerto, a
quitar las espinas del pescado y a orientarme en el bosque. Me enseñó
las costumbres y secretos de los cambiapieles, aunque mi don era
mucho más fuerte que el suyo.»
Años más tarde había tratado de dar con sus padres para decirles que
su pequeño Bulto se había convertido en el gran Varamyr Seispieles,
pero los dos estaban ya muertos e incinerados. Ya formaban parte de
los árboles y los arroyos, de las rocas y la tierra. Polvo y cenizas. Eso era
lo que le había dicho la bruja de los bosques a su madre el día de la
muerte de Chichón. Bulto no quería convertirse en un puñado de tierra.
El niño soñaba con el día en el que los bardos cantarían sus hazañas y las
mujeres hermosas lo cubrirían de besos.
«Cuando me haga mayor seré el Rey-más-allá-del-Muro —se había
prometido. No llegó a tanto, pero estuvo cerca. Los hombres temían el
nombre de Varamyr Seispieles. Acudía a la batalla a lomos de una osa
de las nieves de casi cinco varas de altura, seguido por tres lobos y un
gatosombra, y se sentaba a la derecha de Mance Rayder—. Por culpa de
Mance estoy aquí. No debería haberle hecho caso. Debería haberme
metido en mi osa para despedazarlo.»
Hasta la llegada de Mance, Varamyr Seispieles era un señor, en cierto
modo. Vivía solo, servido por sus bestias, en la cabaña de barro, musgo
y troncos que había pertenecido a Haggon. Cobraba tributo en pan, sal
29

y sidra a una docena de aldeas, que también le proporcionaban frutas y
verduras de sus huertos. La carne se la procuraba él. Cada vez que
deseaba a una mujer, enviaba a su gatosombra a acecharla, y la muchacha en la que hubiera puesto el ojo lo seguía dócilmente a la cama.
Alguna que otra llegaba llorando, sí, pero llegaba. Varamyr les daba su
semilla, se quedaba con un mechón de su pelo para recordarlas y las
mandaba de regreso a casa. De cuando en cuando, un héroe de pueblo se
le acercaba lanza en ristre con intención de acabar con la bestia y salvar
a una hermana, una amante o una hija. A esos los mataba, pero a las
mujeres nunca les hizo daño. Incluso bendijo con hijos a más de una.
«Mocosos. Críos menudos y flacos, como Bulto. Ninguno de ellos
tenía el don.»
El miedo hizo que se pusiera en pie, tambaleante. Se sujetó el costado
para detener la sangre que le rezumaba de la herida, caminó como pudo
hasta la puerta, apartó la harapienta piel de la entrada y se encontró
frente a una muralla blanca. Nieve. No era de extrañar que el interior de
la choza estuviera tan oscuro y lleno de humo: la nieve la había cubierto
por completo.
Varamyr empujó la nieve, que se desmoronó aún blanda y húmeda.
En el exterior, la noche era blanca como la muerte. Jirones de nubes
pálidas rendían pleitesía a la luna de plata ante la mirada fría de miles de
estrellas. Divisó los montículos de otras chozas enterradas en ventisqueros y, más allá, la sombra de un arciano con su armadura de hielo.
Al sur y al oeste, las colinas eran una vasta extensión blanca donde lo
único que se movía era la nieve agitada por el viento.
—Abrojo —llamó Varamyr con voz débil. ¿Cuánto podía haberse
alejado?—. Abrojo. Mujer. ¿Dónde estás?
A lo lejos, un lobo aulló.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Varamyr. Conocía bien aquel
aullido, tanto como Bulto conocía la voz de su madre. Un ojo. Era el
mayor de sus tres lobos, el más grande, el más fiero. Cazador era más
esbelto, más rápido, más joven; Astuta, más taimada. Pero los dos temían
a Un ojo, porque el viejo lobo era indómito, despiadado, feroz.
Varamyr había perdido el control sobre sus otras bestias durante la
agonía del águila. Su gatosombra había huido al bosque, mientras que su
osa de las nieves se había vuelto contra los que la rodeaban y destrozado
a cuatro hombres a zarpazos antes de que la mataran de una lanzada.
Habría acabado con el propio Varamyr si se hubiera puesto a su alcance.
Aquella osa lo odiaba a muerte; se resistía rabiosa cada vez que se metía
en su piel o la usaba de montura. En cambio, sus lobos...
30

«Mis hermanos. Mi manada. —Había pasado más de una noche fría
durmiendo entre sus lobos, que le proporcionaban calor con los cuerpos peludos—. Cuando muera, devorarán mi carne; el deshielo de la
primavera solo encontrará mis huesos.» Curiosamente, la idea le
resultaba reconfortante. Sus lobos le habían proporcionado alimento
muchas veces en sus expediciones, de modo que era justo que él les
proporcionara alimento a su vez. Hasta era posible que empezara la
segunda vida arrancando a dentelladas la carne cálida y muerta de su
propio cadáver.
El animal al que más fácil resultaba unirse era el perro. Vivía tan
próximo al hombre que parecía casi humano. Entrar en la piel de un
perro era como ponerse una bota vieja, un calzado de cuero ablandado
tras mucho uso. La bota se adaptaba al pie y el perro se adaptaba al
collar, aunque fuera un collar invisible para el ojo humano. Los lobos
eran más difíciles: el hombre podía trabar amistad con el lobo, podía
incluso dominarlo, pero no domesticarlo de verdad.
—Los lobos y las mujeres se casan para toda la vida —solía decir
Haggon—. Si te metes en uno, es como un matrimonio. A partir de ese
momento el lobo formará parte de ti, y tú de él. Los dos cambiaréis.
A otras bestias era mejor ni acercarse, le había asegurado el cazador.
El gato era vanidoso y cruel, y se volvía contra el cambiapieles a la
menor ocasión. El alce y el venado eran presas: hasta el hombre más
valiente se volvía cobarde si pasaba demasiado tiempo en su piel. Haggon tampoco era partidario de osos, jabalíes, tejones ni comadrejas.
—Hay pieles que no te conviene usar, chico. Te convertirías en algo
que no te gustaría.
Por lo visto, las aves eran lo peor.
—El hombre no ha nacido para despegarse de la tierra. Si se pasa
mucho tiempo en las nubes, ya no quiere volver a bajar. He conocido a
cambiapieles que probaron halcones, búhos o cuervos, y luego, incluso
con sus propios cuerpos, se quedaban sentados, embobados, mirando al
puto cielo.
Pero no todos los cambiapieles eran de la misma opinión. En cierta
ocasión, cuando Bulto tenía diez años, Haggon lo llevó a una reunión
de gente como ellos y similares. Los hermanos del lobo eran los más
numerosos, pero los otros le parecieron más extraños y fascinantes.
Borroq se parecía tanto a su jabalí que solo le faltaban los colmillos;
orell tenía su águila; Briar, su gatosombra. En cuanto le puso la vista
encima, Bulto supo que él también quería un gatosombra. Además
estaba Grisella, la mujer cabra...
31

Pero ninguno era tan fuerte como Varamyr Seispieles. Ni siquiera
Haggon, tan alto y sombrío, con manos duras como la piedra. El cazador
murió entre sollozos después de que Varamyr le arrebatara a Pielgrís y lo
echara de su piel para apoderarse de la bestia.
«No tendrás una segunda vida, viejo.» En aquellos tiempos se hacía
llamar Varamyr Trespieles. Con Pielgrís eran cuatro, aunque era un lobo
decrépito, frágil y casi desdentado que no tardó en seguir los pasos de
Haggon.
Varamyr podía apoderarse de cualquier bestia y doblegarla a su
voluntad, apropiarse de su carne: perro, lobo, oso, tejón...
«Abrojo —pensó. Según Haggon, era una abominación y el peor de
los pecados, pero Haggon estaba muerto, devorado e incinerado. Mance
también lo habría maldecido, pero estaba muerto o prisionero—. Nadie
lo sabrá nunca. Seré Abrojo, la mujer de las lanzas; Varamyr Seispieles
habrá muerto. —Daba por sentado que su don perecería con aquel cuerpo,
que perdería a sus lobos y viviría el resto de sus días con la forma de una
mujer flaca y llena de verrugas... pero viviría—. Eso, si vuelve. Eso, si
tengo fuerzas para apoderarme de ella.»
Una oleada de debilidad le recorrió el cuerpo. Cayó de rodillas, con las
manos enterradas en un ventisquero. Cogió un puñado de nieve y se lo llevó
a la boca, se lo frotó contra la barba y se restregó los labios para sorber la
humedad. El agua estaba tan fría que casi no pudo forzarse a tragarla, y de
nuevo fue consciente de que estaba ardiendo. La nieve derretida no hizo
más que acentuar el hambre. Lo que su estómago pedía a gritos era comida,
no agua. Ya no nevaba, pero se estaba levantando un viento que convertía
el aire en cristal y le azotaba la cara mientras avanzaba como podía y se le
volvía a abrir la herida del costado. El aliento se le condensaba en una
nube blanca. Cuando llegó junto al arciano, dio con una rama caída que
podía servirle de muleta y cargó todo su peso sobre ella para dirigirse,
tambaleante, hacia la choza más cercana. Tal vez los aldeanos hubieran
dejado algo atrás al emprender la huida: un saco de manzanas, un trozo de
tasajo, cualquier cosa que lo mantuviera con vida hasta el regreso deAbrojo.
Casi había llegado cuando se rompió la muleta y le fallaron las piernas.
No habría sabido decir cuánto tiempo pasó allí tendido, tiñendo la
nieve de rojo con su sangre.
«La nieve me cubrirá. —Sería una muerte tranquila—. Dicen que al
final entra calor. Calor y sueño.»
Sería agradable volver a sentir calor, aunque lo entristecía pensar que
nunca vería las tierras verdes, las tierras cálidas de más allá del Muro
sobre las que tantas canciones cantaba Mance.
32

—El mundo de más allá del Muro no es para la gente como nosotros
—solía decir Haggon—. El pueblo libre tiene miedo de los cambiapieles,
pero también nos honra. Al sur del Muro, los arrodillados nos dan caza y
nos sacrifican como a cerdos.
«Me lo advertiste —pensó Varamyr—, pero también fuiste tú quien
me llevó a Guardiaoriente.» Por aquel entonces, Bulto no tendría más de
diez años. Haggon cambió una docena de sartas de ámbar y un trineo
cargado de pieles por seis odres de vino, una piedra de sal y una cazuela de
cobre. Guardiaoriente era mejor que el Castillo Negro para el comercio:
era allí donde atracaban los barcos cargados con mercancías de las fabulosas tierras de allende el mar. Los cuervos conocían a Haggon; sabían
que era buen cazador y lo consideraban amigo de la Guardia de la Noche,
además de recibir con gratitud las noticias que les transmitía sobre los
sucesos del otro lado de su Muro. Algunos también sabían que era cambiapieles, pero eso no se comentaba en voz alta. Fue allí, en Guardiaoriente
del Mar, donde el niño que había sido empezó a soñar con el cálido sur.
Varamyr sentía cómo se le derretían en la frente los copos de nieve.
«Esto no es tan malo como morir quemado. Me dormiré y no despertaré, y empezará mi segunda vida. —Sus lobos ya estaban cerca. Los
sentía. Podría abandonar aquella carne débil, ser uno con ellos, cazar de
noche y aullar a la luna. El cambiapieles se convertiría en un lobo de verdad—. Pero ¿en cuál?» En Astuta no, desde luego. Haggon lo habría
considerado una abominación, pero Varamyr se había metido muchas
veces en la piel de la loba cuando Un ojo la estaba montando. De todos
modos, no quería pasarse su nueva vida en aquel cuerpo a menos que no
le quedara otro remedio. Cazador, el macho joven, le convenía más...
Aunque Un ojo era más corpulento y feroz, y Un ojo era el que montaba
a Astuta cuando entraba en celo.
«Dicen que se olvida todo —le había dicho Haggon pocas semanas
antes de morir—. Cuando muere la carne del hombre, su espíritu vive
dentro de la bestia, pero día tras día va perdiendo la memoria, y la bestia
es cada vez menos cambiapieles y más lobo, hasta que no queda ni rastro
del hombre, solo el animal.»
Varamyr sabía hasta qué punto era cierto aquello. Cuando se apoderó
del águila que había pertenecido a orell sintió la rabia del otro cambiapieles, que se rebelaba contra su presencia. A orell lo había matado Jon
Nieve, el cuervo cambiacapas, y el odio hacia su asesino era tan brutal
que el propio Varamyr odió también al chico bestia. Supo qué era Nieve
en cuanto vio al gran huargo blanco que caminaba en silencio junto a él.
Los cambiapieles siempre se reconocían entre sí.
33

«Mance tendría que haber dejado que me adueñara del huargo. Esa sí
que habría sido una segunda vida digna de un rey.» Y no le cabía duda
de que habría podido. El don era fuerte en Nieve, pero no había recibido
entrenamiento y aún se debatía contra su naturaleza en lugar de enorgullecerse de ella.
Varamyr veía los ojos rojos del arciano que lo miraban desde el tronco
blanco.
«Los dioses me están juzgando. —Sintió un escalofrío. Había hecho
cosas malas, cosas horribles. Había robado, había matado, había violado.
Había comido carne humana y había lamido la sangre de los moribundos
mientras les manaba roja y caliente de la yugular desgarrada. Había acechado a sus enemigos por el bosque y había caído sobre ellos mientras
dormían para arrancarles las entrañas a zarpazos y esparcirlas por el
barro—. Y lo deliciosa que era su carne.»
—Lo hizo la bestia, no yo —dijo en un susurro ronco—. Ese fue el
don que me disteis.
Los dioses no respondieron. Su aliento se condensaba blanquecino y
nebuloso, y sintió como se le formaban carámbanos en la barba. Varamyr
Seispieles cerró los ojos. Soñó un sueño antiguo, un sueño en el que
aparecían una cabaña junto al mar, tres perros gimoteantes y las lágrimas
de una mujer.
«Era por Chichón. Lloraba por Chichón; por mí no lloró nunca.»
Bulto había nacido un mes antes de lo debido y era tan enfermizo
que nadie creía que fuera a sobrevivir. Su madre esperó hasta que tuvo
casi cuatro años para ponerle un nombre de verdad, y entonces ya era
demasiado tarde. Toda la aldea se había acostumbrado a llamarlo Bulto,
el mote que le había puesto su hermana Meha cuando aún estaba en el
vientre de su madre. Meha también le había puesto el mote a Chichón,
pero el hermanito de Bulto nació a término y llegó al mundo grande,
rosado, robusto, mamando con glotonería de la teta de su madre, que iba
a ponerle el nombre de su progenitor.
«Pero Chichón murió. Murió cuando yo tenía seis años y él dos, tres
días antes del día de su nombre.»
—Tu pequeño está ya con los dioses —le había dicho la bruja de
los bosques a su madre, que no paraba de llorar—. No volverá a sufrir;
para él no habrá más hambre ni lágrimas. Los dioses se lo han llevado
a la tierra, a los árboles. Los dioses están a nuestro alrededor, en las rocas
y en los arroyos, en los pájaros y en las bestias. Tu Chichón ha ido a
reunirse con ellos. Será el mundo y todo lo que hay en él.
Las palabras de la vieja se clavaron en Bulto como un cuchillo.
34

«Chichón me ve. Está mirándome. Lo sabe. —Bulto no podía esconderse de él, no podía ocultarse tras las faldas de su madre ni fugarse con
los perros para huir de la ira de su padre—. Los perros. —Colamocha,
Hocico, Gruñón—. Eran buenos perros. Eran mis amigos.» Cuando su
padre los encontró olfateando en torno al cadáver de Chichón no tuvo
manera de saber cuál había sido, así que los mató a los tres a hachazos. Le
temblaban tanto las manos que le hicieron falta dos golpes para acallar a
Hocico, y cuatro para Gruñón. El olor de la sangre impregnaba el aire y
los estertores de los perros eran espantosos, pero Colamocha acudió
cuando lo llamó su amo. Era el perro más viejo, y el adiestramiento pudo
más que el pánico. Cuando Bulto se metió en su piel, ya era demasiado
tarde. «No, padre, por favor», trató de decir. Pero los perros no hablan la
lengua de los hombres, de modo que lo único que emitió fue un gemido
lastimero. El hacha acertó al viejo perro en pleno cráneo, y dentro de la
cabaña, el niño lanzó un alarido.
«Así fue como se enteraron.» Dos días después, su padre se lo llevó al
bosque a rastras. Portaba el hacha consigo, así que Bulto pensó que tenía
intención de acabar con él del mismo modo que había acabado con los
perros. Pero lo que hizo fue entregárselo a Haggon.
Varamyr se despertó de repente, sobresaltado, tembloroso.
—¡Levántate! —le gritaba una voz—. ¡Levántate! ¡Tenemos que
marcharnos! ¡Vienen! ¡Son cientos! —La nieve lo había cubierto con un
espeso manto blanco. Hacía tanto frío... Intentó moverse y se dio cuenta
de que la mano se le había quedado pegada al suelo. Se arrancó un buen
trozo de piel al despegarla—. ¡Que te levantes! —le gritó de nuevo la
mujer—. ¡Ya vienen!
Abrojo había regresado, lo tenía agarrado por los hombros y lo sacudía al tiempo que le gritaba a la cara. Varamyr olió su aliento y sintió su
calidez contra las mejillas entumecidas por el frío.
«Ahora —pensó—. Hazlo ahora o muere.»
Reunió las fuerzas que le quedaban, salió de su piel y se introdujo
violentamente en la de Abrojo, que arqueó la espalda y gritó.
«Abominación.» ¿De quién era el pensamiento? ¿De Abrojo, de
Varamyr, de Haggon? No tenía manera de saberlo. Su viejo cuerpo cayó
en la nieve cuando los dedos de la mujer lo soltaron. La mujer de las
lanzas se retorció con violencia y chilló. Su gatosombra también lo
rechazaba con fiereza al principio, y la osa de las nieves había pasado un
tiempo enloquecida, lanzando zarpazos a los árboles, a las rocas, al aire.
Pero aquello era mucho peor.
—¡Sal de mí! ¡Sal de mí! —oyó gritar a su propia boca.
35

El cuerpo de la mujer se tambaleaba, caía y volvía a levantarse, agitaba
las manos y las piernas en movimientos convulsivos, como en un baile
grotesco, mientras los dos espíritus luchaban por la misma carne. Inhaló
una bocanada de aire gélido, y Varamyr vivió un instante de gloria en su
sabor, en la fuerza de aquel cuerpo joven, hasta que los dientes de Abrojo
se cerraron con fuerza y la boca se le llenó de sangre. Se llevó las manos
a la cara. Él trató de bajarlas, pero aquellas manos, resistiéndose a obedecerlo, le arrancaron los ojos.
«Abominación», recordó mientras se ahogaba en sangre, dolor y
locura. Cuando Varamyr intentó gritar, Abrojo escupió la lengua que
habían compartido.
El mundo blanco se volvió del revés y se desmoronó. Durante un
momento fue como si estuviera dentro del arciano y, a través de los ojos
rojos tallados en la madera, contemplase al hombre que agonizaba en el
suelo y a la demente que bailaba ciega y ensangrentada bajo la luna, llorando lágrimas rojas y arrancándose la ropa. Pronto, ambos desaparecieron
y él se elevó, se fundió, su espíritu cabalgó a lomos de una ráfaga de viento
frío. Estaba en la nieve y en las nubes; era un gorrión, una ardilla, un roble.
Un búho real volaba sigiloso entre los árboles, en pos de una liebre;
Varamyr estaba dentro del búho, dentro de la liebre, dentro de los árboles.
Bajo la tierra helada, las lombrices cavaban sus túneles a ciegas, y también
estaba en ellas.
«Soy el bosque y todo lo que hay en él», pensó exultante. Un centenar
de grajos levantaron el vuelo entre graznidos al sentir su paso. Un gran
alce berreó, inquietando a los niños que se aferraban a su lomo. Un
huargo que dormía levantó la cabeza para gruñir a la nada. Antes de que
volvieran a latirle los corazones, ya había pasado de largo en busca de los
suyos, en busca de Un ojo, Astuta y Cazador, su manada. Sus lobos lo
salvarían, se dijo.
Aquel fue su último pensamiento humano.
La muerte verdadera llegó de repente. Sintió un golpe frío, como si se
hubiera zambullido de súbito en las aguas de un lago helado, y lo siguiente
que supo fue que corría por la nieve, bajo la luna, seguido de cerca por sus
compañeros de manada. La mitad del mundo era negrura. «Un ojo»,
pensó. Aulló, y Astuta y Cazador aullaron con él.
Cuando llegaron a una cima, los lobos se detuvieron.
«Abrojo», recordó. Una parte de él lamentaba lo que había perdido,
y otra parte, lo que había hecho. Abajo, el mundo se había transformado
en hielo. Las lenguas de escarcha reptaban y se unían subiendo por el
tronco del arciano. La aldea desierta ya no estaba desierta. Sombras de
36


DANZA DE DRAGONES
ojos azules vagaban entre los ventisqueros. Unas vestían de marrón;
otras, de negro; otras iban desnudas y mostraban una carne blanca como
la nieve. El viento suspiraba entre las colinas y transportaba su olor hasta
los lobos: olor de carne muerta, de sangre seca, de pieles que hedían a
moho, putrefacción y orina. Astuta lanzó un gruñido y enseñó los dientes
con el lomo erizado.
«No hombres. No presa. Estos no.»
Las cosas de abajo se movían, pero no estaban vivas. Una a una fueron
alzando la cabeza hacia los tres lobos de la colina. La última en mirar fue
la cosa que había sido Abrojo. Vestía prendas de lana, piel y cuero, y sobre
ellas, una capa de escarcha que crujía cuando se movía y brillaba a la luz
de la luna. De las yemas de sus dedos colgaban carámbanos rosados, diez
largos cuchillos de sangre helada. Y en las cuencas insondables donde
habían estado sus ojos brillaba una luz azulada que confería a sus rasgos
bastos una belleza escalofriante que no habían tenido en vida.
«Me ve.»